Cuando a penas había recorrido unos metros, sentí que algo venía hacia mi bastante rápido por mis espaldas. Me giré rápidamente pero demasiado tarde: estaba siendo encañonado por una pistola que sujetaba un chaval varios años menor que yo. Calculé que tendría entre los 17 y los 19 años, un chico de color, con el pelo un poco largo y ropas anchas. En su rostro se reflejaba la determinación, pero su mano temblaba ligeramente.
- ¡He colega! No quiero hacerte daño ¿vale? Pero dame esa mochila ahora mismo o me obligaras ha cometer una locura... - miré al suelo apesadumbrado y sin poder pronunciar una sola palabra, como siempre. Me fui quitando lentamente la mochila para colocarla en el suelo delante mía.
- Eso es... así se hacen las cosas tío, no hace falta que trates de convencerme de.. ¡Joder! - Su grito, impregnado de terror, hizo que instintivamente retrocediera varios pasos hacia atrás. Al alzar la vista vi dos manos que sujetaban al chico desde la oscuridad de una ventana a su derecha. Enseguida aparecería el resto del cuerpo. Un hombre de mediana edad completamente transformado, que sin dejar de agarrarlo intentó morderlo en el brazo. El muchacho gritó y gritó forcejeando y disparó, posiblemente sin querer, dos tiros al aire: el primero de ellos pasó muy cerca de mi, provocando que cayese al suelo de culo y con al boca abierta. El muerto viviente consiguió por fin su propósito. Mordió al chaval en el brazo y empezó a tirar con la cabeza del trozo de carne.
- ¡¡Por Dios!! ¡¡Quitamelo!! ¡¡Joder!! ¡¡Ayudame!! ¡¡Quitamelo de encima!! - El zombie terminó de arrancar la carne del brazo, dejando al descubierto el blanco del hueso y esparciendo sangre por la calzada. El chaval se desmayó y calló inerte a los brazos de aquel monstruo. Completamente aterrorizado me puse de pie, recogí la mochila y empecé a correr. Mis piernas iban completamente solas, y me obligué a detenerme. No podía dejar a aquel chico así. Apenas recorridos unos metros me paré en seco. Me di la vuelta y me acerqué de nuevo al edificio. Ya no había ni rastro ni del joven ni del zombie. En el suelo estaba la pistola del chico, una clásica SIG-Sauer. La ventana por donde había aparecido el muerto viviente no era tal, si no una taquilla para un teatro/cine, solo que ni siquiera me había fijado en el edificio. Para mayor desgracia mía, los disparos y los gritos habían llamado la atención de más de aquellas cosas, que se arrastraban en mi dirección casi desde cualquier calle adyacente y desde la propia avenida. Así que lo quisiese o no tendría que entrar en aquel edificio, no solo para salvar al chaval si no para alejarme de los zombies. Conocía aquel teatro, ya que mi madre era aficionada a llevarme cuando era más pequeño. Hacía muchos años contaba con seis escenarios, pero ahora cuatro de aquellas salas eran de cine, y solo dos para las representaciones reales. A mi me aburrían normalmente las obras de teatro y estaba siempre deseando entrar a ver alguna película, pero con el tiempo llegaría a cogerle mucha afición al teatro. Recordar aquellos momentos con mi familia hizo que se me encogiera el corazón por un instante. Tenia que acabar con esto rápido y marcharme a buscar a mi familia.
El edificio era muy grande, con unas grandes puertas de vidrio, un hall, con la taquilla en la pared izquierda, (se podían comprar las entradas dentro del hall o desde la calle, por la fatídica ventanilla) desde donde se pasaba a un amplio pasillo y escaleras en su final. Abajo se distribuían las dos salas de teatro y subiendo las escaleras se hallaban las salas de cine. "Solo" tenía que abrir la puerta que daba acceso a la taquilla, matar al zombie, recoger el muchacho y llevármelo dentro una de las salas de teatro. Una vez allí podía salir a la calle desde las salidas que desembocan directamente a la calle. Me acerqué con el máximo sigilo posible a la puerta principal del recinto y miré dentro por las vidrieras. Dentro el ambiente no era muy acogedor. Varios objetos y muebles tirados por el suelo, así como algunas manchas de sangre por el suelo y paredes. Resoplé. Guardé mi revolver en el bolsillo, y agarré con fuerza la pistola del chico. Miré la avenida detrás mía y observé que cada vez más y más de aquellas cosas estaban más cerca.
No tenía tiempo que perder. Empujé la puerta y al oscuro hall. Solo un par de luces que debían llevar muchos días encendidas me permitían ver con notable claridad. Avancé con el arma cogida fuertemente con ambas manos y apuntando al suelo. El sudor me recorría la frente. Me acerqué a la ventanilla que se asomaban al hall y miré con sumo cuidado dentro. El zombie estaba agachado en la penumbra detrás del mostrador, posiblemente... posiblemente devorando la carne del joven de color. Asqueado por la idea me acerqué con rapidez a la puerta de las taquillas, ya que no me había visto. Por culpa de aquellas prisas fuí descuidado y pisé unos cristales del suelo, que resonaron en el silencio de la sala como si el sonido estuviera ampliado. Maldiciendo para mis adentros así el pomo de la puerta y conté hasta tres mentalmente para darme confianza. Abrí la puerta de golpe y apunté a la altura de cabeza de aquel asqueroso demonio, que tenia toda la boca y el pecho bañados en sangre. El adolescente tenía varios mordisco en el brazo. Aquel jodido monstruo reaccionó muy rápido y se puso de pié casi de un salto para abalanzarse sobre mi. Venciendo las nauseas de aquel espectáculo gore disparé varias veces.
O al menos eso intenté.
Acostumbrado cono estaba al revolver, había olvidado que aquél arma contaba con un seguro que yo no había quitado.
Una historia de terror ambientada en un mundo donde los zombies caminan por el mundo, y solo existe una maera de salvarse, ... o tal vez no...
miércoles, 16 de febrero de 2011
sábado, 29 de enero de 2011
Abandonar tu vida (3º parte)
No me hubiesen visto, pero yo había llamado su atención pensando que seria más prudente para mi llamarlas desde lejos. Miré a mis espaldas. Mi única vía de escape estaba llena de carne putrefacta. No tenía salida en ninguna dirección.
Miré desesperado en todas direcciones, tratando de encontrar alguna vía de escape. La puerta posterior de una trastienda, situada a mi izquierda parecía mi única opción. Corrí hacia la puerta y asié el pomo con fuerza, tratando de abrirla, pero era inútil. Por suerte la mitad superior de esta, tenía una cuadrado de vidrio grueso. Di un paso hacia atrás y le pegué una patada, todo lo fuerte que fui capaz. No se rompió. Toda la nuca me sudaba como si llevara horas haciendo deporte. Las dos niñas estaban a un par de metros, casi podías sentirlas. Golpeé por segunda vez sin éxito, pero en esta ocasión el cristal cedió en sus juntas con la puerta. A la tercera intentona el vidrio salió de su sitio como un fragmento único que se estrelló en el suelo por dentro de la tienda. Sin querer mirar atrás metí una pierna por el hueco, y en el instante en el que pretendía meter el resto del cuerpo y saltar, noté como me agarraban del pantalón unas manos pequeñas... las manos de una niña. Miré con el corazón completamete parado, como si no quisiese bombear sangre durante unas fracciones de segundo que me parecieron eternas. La mandíbula sin piel de aquella cosa se abrió para morderme, y no tuve más remedio que ponerle el cañón del revolver en la boca. Apreté los dientes para disparar en aquella cara horripilante, sacada de mis peores pesadillas, pero no pude. Introduje con fuerza el cañón el la boca de la niña para que no mordiera y tiré con fuerza hacia atrás, quitandomela de encima y haciendo que se cayera cobre su compañera, que también me hubiese agarrado, si no fuera porque intentaba hacerlo justo por donde la primera me tenia cogido. Casi de seguido salté dentro de la trastienda, perdí el equilibrio y me caí al suelo lleno de cristales, evitando que me dieran en la cara me incorporé rápido y me miré: tenia algunos pequeños cortes en la ropa, pero ni siquiera me había hecho ninguna herida, no obstante no tenia más luz que la que entraba desde fuera, y no podía verme bien, ni tampoco mi alrededor. Busqué un interruptor y encendí. La estancia era estrecha pero bastante larga, a los lados se amontonaban en estanterías productos comestibles y chucherías varias. Al fondo una puerta que comunicaba con la parte delantera de la tienda. Guardé el revolver en el pantalón y agarré una de la estanterías, arrastrándolas para tapar el hueco del cristal. Por suerte las estanterías no eran muy grandes y su parte trasera era na plancha de madera lisa, que tapaba perfectamente la ventana. Cuando acabé me senté en el suelo, alejado de los trozos de vidrio y resoplé. Algunas bolsas de patatas fritas se habían caído al suelo al mover el mueble, y yo hacia tiempo que comía muy poco, así que lo recogí del suelo, la abrí y empecé a comer, pero, no me era posible, seguía muy nervioso, y además tenia clavada en mis pupilas las caras de las niñas....
Guarde un par de bolsas en mi mochila y me levante transcurridos pocos minutos. Ahora tenía que encontrar la manera de salir de allí, a una zona libre de zombies. Caminé por la estrecha trastienda hasta la puerta principal y cogí el pomo. Lo giré lentamente y cuando tenía una rendija abierta, miré al otro lado. La oscuridad más absoluta era lo único que podía ver, y un olor fuerte a ... ¿comida para perros? Un ladrido repentino cuyo origen era la oscuridad me asustó y cerré de un portazo. El sobresalto había sido tremendo, pero aún así, cuando habían pasado unos segundos comprendí que si el perro se encontrase en condiciones óptimas, habría ladrado mucho antes, y al abrir la puerta hubiese intentado salir, y yo no había notado ninguna presión. Volví a abrir, pero esta vez un poco más y silbé bajito. Otro ladrido me respondió desde la negrura. Abrí la puerta del todo, permitiendo que la luz a mis espaldas inundara la estancia. Delante mía tenía la parte principal de la tienda, con un mostrador rodeado de estanterías para las golosinas, los caramelos, patatas, etc.. y la puerta principal, bien cerrada y con la verja metálica puesta. A un lado, unas escaleras que subían al piso superior, y al otro, un perro enorme que me miraba con la boca abierta y jadeante, rodeado de varios sacos de comida para perros y al menos tres garrafas de agua de varios litros. En ese momento me llegó, de golpe como un puñetazo inesperado, el olor de las heces. Aquel pobre animal debió de ser abandonado hacia un par de semanas, cuando llegaron a la ciudad las noticias de la catástrofe y aunque aún le quedaba comida, era un perro ya muy anciano, y tenia una buena montonera de sus necesidades alrededor suya. Parecía alguna especie de Mastín, muy mayor, que para colmo había sido abandonado, con lo cual, estaba tan triste y cansado que ni si quiera se mostraba agresivo conmigo. La verdad es que aquélla visión me afligió mucho. No sabia que hacer. Llevarlo conmigo era imposible y además dudo mucho que fuese a querer acompañarme. Y abandonarlo me parecía muy cruel. Pero tampoco podía sacrificarlo, ni tenia arrojos para ello ni podía permitirme el lujo de perder una bala en eso. Así me encontré en una encrucijada que me mantuvo pensativo varios minutos. Yo frente al perro mirándolo a los ojos. Mientras este me miraba, mezcla de curiosidad, mezcla de antipático pero sin rechistar. Finalmente tomé una decisión.
Subí las escaleras que se hallaban en la parte principal de la tienda, para ver adonde conducían. Al final de ellas otra puerta. Agarré el pomo, y por suerte estaba abierta. Miré al otro lado y vi que conducía a las escaleras del bloque, las que te llevaban a los viviendas. Encendí la luz de las escaleras y miré detrás de mi una última vez: dejaría al perro tal y como estaba, no podía hacer nada por él, y aún que se me partía el alma por él, no me quedaba más remedio que hacer lo mismo que su dueño. Bajé las escaleras hasta el portal y me acerqué lentamente a este. Abrí la puerta de nuevo con cuidado y miré el exterior: solo había tres de aquellos monstruos y se encontraban bien lejos en la avenida. No me suponían ningún problema. Salí al exterior y comencé a caminar a paso ligero bien pegado a la pared para pasar lo más desapercibido posible. Cuando a penas había recorrido unos metros, sentí que algo venía hacia mi bastante rápido por mis espaldas. Me giré rápidamente pero demasiado tarde: estaba siendo encañonado por una pistola que sujetaba un chaval varios años menor que yo.
Miré desesperado en todas direcciones, tratando de encontrar alguna vía de escape. La puerta posterior de una trastienda, situada a mi izquierda parecía mi única opción. Corrí hacia la puerta y asié el pomo con fuerza, tratando de abrirla, pero era inútil. Por suerte la mitad superior de esta, tenía una cuadrado de vidrio grueso. Di un paso hacia atrás y le pegué una patada, todo lo fuerte que fui capaz. No se rompió. Toda la nuca me sudaba como si llevara horas haciendo deporte. Las dos niñas estaban a un par de metros, casi podías sentirlas. Golpeé por segunda vez sin éxito, pero en esta ocasión el cristal cedió en sus juntas con la puerta. A la tercera intentona el vidrio salió de su sitio como un fragmento único que se estrelló en el suelo por dentro de la tienda. Sin querer mirar atrás metí una pierna por el hueco, y en el instante en el que pretendía meter el resto del cuerpo y saltar, noté como me agarraban del pantalón unas manos pequeñas... las manos de una niña. Miré con el corazón completamete parado, como si no quisiese bombear sangre durante unas fracciones de segundo que me parecieron eternas. La mandíbula sin piel de aquella cosa se abrió para morderme, y no tuve más remedio que ponerle el cañón del revolver en la boca. Apreté los dientes para disparar en aquella cara horripilante, sacada de mis peores pesadillas, pero no pude. Introduje con fuerza el cañón el la boca de la niña para que no mordiera y tiré con fuerza hacia atrás, quitandomela de encima y haciendo que se cayera cobre su compañera, que también me hubiese agarrado, si no fuera porque intentaba hacerlo justo por donde la primera me tenia cogido. Casi de seguido salté dentro de la trastienda, perdí el equilibrio y me caí al suelo lleno de cristales, evitando que me dieran en la cara me incorporé rápido y me miré: tenia algunos pequeños cortes en la ropa, pero ni siquiera me había hecho ninguna herida, no obstante no tenia más luz que la que entraba desde fuera, y no podía verme bien, ni tampoco mi alrededor. Busqué un interruptor y encendí. La estancia era estrecha pero bastante larga, a los lados se amontonaban en estanterías productos comestibles y chucherías varias. Al fondo una puerta que comunicaba con la parte delantera de la tienda. Guardé el revolver en el pantalón y agarré una de la estanterías, arrastrándolas para tapar el hueco del cristal. Por suerte las estanterías no eran muy grandes y su parte trasera era na plancha de madera lisa, que tapaba perfectamente la ventana. Cuando acabé me senté en el suelo, alejado de los trozos de vidrio y resoplé. Algunas bolsas de patatas fritas se habían caído al suelo al mover el mueble, y yo hacia tiempo que comía muy poco, así que lo recogí del suelo, la abrí y empecé a comer, pero, no me era posible, seguía muy nervioso, y además tenia clavada en mis pupilas las caras de las niñas....
Guarde un par de bolsas en mi mochila y me levante transcurridos pocos minutos. Ahora tenía que encontrar la manera de salir de allí, a una zona libre de zombies. Caminé por la estrecha trastienda hasta la puerta principal y cogí el pomo. Lo giré lentamente y cuando tenía una rendija abierta, miré al otro lado. La oscuridad más absoluta era lo único que podía ver, y un olor fuerte a ... ¿comida para perros? Un ladrido repentino cuyo origen era la oscuridad me asustó y cerré de un portazo. El sobresalto había sido tremendo, pero aún así, cuando habían pasado unos segundos comprendí que si el perro se encontrase en condiciones óptimas, habría ladrado mucho antes, y al abrir la puerta hubiese intentado salir, y yo no había notado ninguna presión. Volví a abrir, pero esta vez un poco más y silbé bajito. Otro ladrido me respondió desde la negrura. Abrí la puerta del todo, permitiendo que la luz a mis espaldas inundara la estancia. Delante mía tenía la parte principal de la tienda, con un mostrador rodeado de estanterías para las golosinas, los caramelos, patatas, etc.. y la puerta principal, bien cerrada y con la verja metálica puesta. A un lado, unas escaleras que subían al piso superior, y al otro, un perro enorme que me miraba con la boca abierta y jadeante, rodeado de varios sacos de comida para perros y al menos tres garrafas de agua de varios litros. En ese momento me llegó, de golpe como un puñetazo inesperado, el olor de las heces. Aquel pobre animal debió de ser abandonado hacia un par de semanas, cuando llegaron a la ciudad las noticias de la catástrofe y aunque aún le quedaba comida, era un perro ya muy anciano, y tenia una buena montonera de sus necesidades alrededor suya. Parecía alguna especie de Mastín, muy mayor, que para colmo había sido abandonado, con lo cual, estaba tan triste y cansado que ni si quiera se mostraba agresivo conmigo. La verdad es que aquélla visión me afligió mucho. No sabia que hacer. Llevarlo conmigo era imposible y además dudo mucho que fuese a querer acompañarme. Y abandonarlo me parecía muy cruel. Pero tampoco podía sacrificarlo, ni tenia arrojos para ello ni podía permitirme el lujo de perder una bala en eso. Así me encontré en una encrucijada que me mantuvo pensativo varios minutos. Yo frente al perro mirándolo a los ojos. Mientras este me miraba, mezcla de curiosidad, mezcla de antipático pero sin rechistar. Finalmente tomé una decisión.
Subí las escaleras que se hallaban en la parte principal de la tienda, para ver adonde conducían. Al final de ellas otra puerta. Agarré el pomo, y por suerte estaba abierta. Miré al otro lado y vi que conducía a las escaleras del bloque, las que te llevaban a los viviendas. Encendí la luz de las escaleras y miré detrás de mi una última vez: dejaría al perro tal y como estaba, no podía hacer nada por él, y aún que se me partía el alma por él, no me quedaba más remedio que hacer lo mismo que su dueño. Bajé las escaleras hasta el portal y me acerqué lentamente a este. Abrí la puerta de nuevo con cuidado y miré el exterior: solo había tres de aquellos monstruos y se encontraban bien lejos en la avenida. No me suponían ningún problema. Salí al exterior y comencé a caminar a paso ligero bien pegado a la pared para pasar lo más desapercibido posible. Cuando a penas había recorrido unos metros, sentí que algo venía hacia mi bastante rápido por mis espaldas. Me giré rápidamente pero demasiado tarde: estaba siendo encañonado por una pistola que sujetaba un chaval varios años menor que yo.
martes, 14 de diciembre de 2010
Abandonar tu vida (2º parte)
Cogí las otras dos balas y me puse de pie. Escondiendo la pistola, caminé con paso rápido hasta el vestuario. Cogí el pomo de la puerta desando desaparecer de la vista. Giré el pomo y empujé. "¡Mierda! ¡No!" pensé en mis adentros. La puerta estaba totalmente cerrada. Miré al guarda que estaba en la entrada. En ese instante no me miraba. Seguro que tenían las puertas de los servicios cerrados durante la noche, no se con que motivo, pero tendría que solicitarle que quería entrar, y yo no podía hacer eso, iba a darse cuenta de algo ¿y si me había visto con Rodey? seguro que lo despertaría y entonces se acabó mi plan. Tenía que esperar a mañana si quería... en ese momento la puerta del servicio se abrió y un caballero con cara de adormilado me miró con la mano en el interruptor Yo le tapaba la salida.
- Oh, disculpa, pasa. No sabia que había alguien esperando. - Miré el suelo avergonzado e hice un gesto con la cabeza de asentimiento, entrando en el servicio cuando aquel hombre se apartó. Cerré la puerta desde dentro, llamandome idiota por lo tonto que había sido: sencillamente el baño estaba ocupado, pero aquellos días todo me parecía más complejo de lo que realmente era.
Una vez dentro cerré el pequeño cerrojo y miré hacia el techo. Allí estaba, efectivamente, la rejilla pintada de blanco, para que no destacara, que se encargaba de renovar el aire de aquellos vestuarios. Cogí el banco más próximo y lo puse debajo. Seguidamente me dirigí a las taquillas metálicas que se usaban para dejar la ropa durante los entrenamiento y partidos, pero que ahora estaban siendo usadas para guardar pertenencias de forma segura, que no fueran excesivamente grandes. Saqué mi llave y abrí con cuidado la puerta, que chirrió levemente. Regí mis cosas, entre ellas una muda de ropa de calle preparada para ese momento (yo me había acostado en pijama para disimular), ropa oscura, con un gorro de lana y unos guantes. Cuando estuve listo, me subí al banco y examiné el respiradero. Hace algunos años la mayoría estaban sueltos, o si no lo estaban, mis amigos y yo nos encargábamos de ello pero lamentablemente el tiempo había pasado y ya se habían encargado de volver a ajustar aquellas entradas de aire. Metí los dedos por los huecos y aguante la respiración. Tensé los músculos y de un fuerte tirón saqué el enrrejillado. Por desgracia mis cálculos habían fallado: estaba convencido de que estaba más anclado, así que mi tirón provocó un ruido bastante fuerte, que en mi estado de nerviosismo provocó que encima, del susto, se me cayera al suelo aquella pieza metálica. Miré hacia la puerta muy nervioso, y sin tiempo para más me agarré a los bordes de aquel hueco. Me impulsé hacia arriba con tanto ímpetu que casi me golpeo con el techo del conducto. Empecé a reptar todo lo rápido que pude por aquel estrecho conducto. El trayecto se me hizo cortísimo. Enseguida llegué hasta la salida que se situaba encima del cuarto de mantenimiento, pero recorrí lo que me quedaba hasta la fachada primero. Miré por la salida de aire a la calle. La estampa del exterior era de soledad y tranquilidad: todo estaba desierto. Dos columnas de humo asomaban entre los rascacielos, o al menos eso creía, ya que la oscuridad de la noche me impedía tener certeza, y aunque la iluminación eléctrica funcionaba, todo estaba extrañamente oscuro y la imaginación podía estar jugandome una mala pasada. La imagen no era apocalíptica, pero si tenia un tono lúgubre. Al menos no había ningún zombie en la calle, eso era buena señal. Retrocedí hasta tocar de nuevo con las manos la salida del conducto que recogía el aire de la sala de limpieza. Empujé con las manos, ahora que ya tenía más calibrada la fuerza que tenía que emplear no formaría tanto ruido. Una vez sacada la rejilla, saqué mi móvil, el cual había dejado todo el día cargando, e iluminé delante de mi. Aquella habiatción parecía seguir teniendo la misma función, solo que ahora tenía un par de muebles más. Salté al suelo y me dirigí a la puerta. Dentro de mi sabía que el truco de la cerradura que no cerraba bien ya no me funcionaria, pero una vez habiendo llegado allí no me detendría. Además, el escandalo formado antes ya tendría de sobre aviso a los militares, que como mínimo me arrestarían si volvía atrás, así que no me andaría con muchos remilgos. Agarré el pomo de la puerta y comprobé, que efectivamente, estaba cerrada. Volví a intentarlo esta vez con un empujón más fuerte. No se abriría así. Retrocedí un par de pasos y le pegué un patada a la puerta, que esta vez sí se abrió de golpe, rompiéndose en parte la cerradura. Salí deprisa de allí, encajando la puerta a mis espaldas, pero no quería darle tiempo a posibles muertos vivientes a llegar atraidos por el escándolo. Recorrí a paso ligero la distancia que me separaba de la acera de enfrente y me pegué a la pared. Ya tenía la respiración agitada, la boca seca y el puso acelerado, y lo único que había echo era salir de aquel edificio. Al menos, si no regresaba nunca, Rodey estaría allí seguro, con todos aquellos militares, pero se que no me perdonaría nunca por irme así.
Caminé hasta la esquina, y me asomé, como tantas veces se ve en las películas. Miré con mucho cuidado y lo que vi fue una plaza desierta. Yo había pasado por aquí decenas de veces en el pasado, mi casa no distaba más de cinco manzanas, así que podía decirse que este era el barrio donde me crié. Miré también las ventanas y balcones de los edificios. Todos estaban, o bien cerrados, o en completa oscuridad. Por unos segundos empecé a arrepentirme, porque la escena me provocaba inseguridad, pero en mi interior sabía que era peor quedarse atrás con la incertidumbre. Hasta el momento todo había ido tan deprisa que no había tenido tiempo ni de llorar o hacerme más preguntas de las justas, y quería que siguiese así, huir hacia delante era todo lo que se me ocurría. Saqué el revolver de mi bolsillo, junto con las dos balas. El cargador tenía espacio para seis balas. Tres que Rodey había introducido el día anterior más esas dos hacían cinco: tendría que conformarme. Crucé la plaza, que no era excesivamente grande, y me metí por una calle pequeña que iba en paralelo al polideportivo y que terminaba en una larga avenida de rascacielos, el centro de la ciudad. Cuando alcancé el final de la callejuela me asomé... delante de mis ojos, justo lo que menos quería ver: al menos una veintena de aquellos monstruos se repartían entre los coches aparcados, o entre otros tantos que se hallaban en medio de la calzada abandonados a su suerte. Me escondí en las sombras que me proporcionaba mi posición. Los cristales de los escaparates cercanos estaban totalmente rotos y saqueados. Ene se instante un ruido llamó mi atención, y también la de aquellos seres, pues miraron en la misma dirección: el cielo. No había duda, se trataba de un helicóptero,. No me paré a saber si era militar, aproveché que todos los zombies estaban distraidos para salir a la carrera agachado por la acera hacia la izquierda, rezando porque todos aquellos diablos fueran tan lentos como los del motel. No puede evitar echar una mirada atrás. Todos aquellos seres presentaban heridas, la mayoría sangrantes, huesos a la vista, la mirada perdida... Todos llevaban la ropa del momento en que habían sido... "transformados". Claramente se distinguían un policía, dos bomberos, una ama de casa en pijama y.. un adolescente desnudo, entre otros, seguramente estaba dándose una ducha cuando todo se le vino encima... igual que yo, que simplemete estaba durmiendo, desando llegar a mi casa para pasar un agradable verano con mi familia cuando empezó aquella pesadilla, hace tan solo unos días... ¿Que demonios era todo aquello? ¿Alguna especia de castigo divino? ¿La autodestrucción del ser humano? ¿El siguiente salto evolutivo? Nosotros erradicábamos el entorno a nuestro antojo para que se adaptara a nosotros, no nosotros al entorno, como dictaba la naturaleza ¿acaso esta era su respuesta equivalente en rapidez y contundencia? Mis pensamientos se vieron interrumpidos con brusquedad cuando mi hombro y mi rodilla chocaron la puerta entreabierta de un coche, lo cual hizo saltar la alarma de este de inmediato. Todo por correr mirando detrás
- ¡Joder! - Grité para mi por el susto. Volví la vista de rápidamente hacia mis espaldas de nuevo. Todos y cada uno de aquellos seres se volvieron hacia mi, y sin pensárselo dos veces comenzaron a caminar hacia mi. Tendría que correr. Por suerte para mi, el resto de la avenida estaba desierto, y además era muy ancha, así que no tendría mayor problema en llegar a mi ca... de repente, de todas las bocacalles cercanas y lejanas a mi empezaron a surgir zombies, como si de una riada de carne muerta se tratase. Todos con aquellos pasos lentos pero inexorables. Miré lo que me rodeaba con desesperación, la adrenalina me recorría el torrente sanguíneo. A mi izquierda una serie de portales de un bloque de viviendas. Al otro lado de la calle una tienda de electrodomésticos, así como un callejón a su lateral. Si no recordaba mal y los nervios no me jugaban una mala pasada, no era un callejón sin salida. Lo más sensato no era coger aquel camino: dentro del callejón podía haber más zombies, pero no era mi momento de mayor lucidez precisamente. Corrí más rápido de lo que nunca imaginé. Enfoqué la callejuela y observe que estaba muy oscura. Corrí y corrí internándome cada vez más hasta que vislumbré una tapia de un metro y medio, hecha de ladrillo. Me impulsé con una mano y la salté, un par de metros más allá terminaba bruscamente el corredor, acabando en una nueva plaza, pequeña y sin salida, casi un patio interior de aquel bloque de viviendas que lo rodeaban, con un parque infantil en medio que contaba con el característico rectángulo de arena más columpios, y allí en medio justo de la arena, lo que parecían dos niñas de espaldas a mi, una de ellas agachada, tal vez escarbando en el suelo. No podía hablar, como siempre. Mi enfermedad no distinguía de edad, sexo o religión. Así que opté por zapatear en el suelo para llamar la atención de las niñas en caso de que pudiesen oírme. Las dos se giraron rápidamente hacia mi. Casi me caigo de espaldas de la impresión de lo que vi, que aún hoy día me provoca terribles pesadillas: ninguna de las niñas tenia rostro, toda la carne de su cara había sido arrancada de cuajo, dejando solo a la vista el cráneo, lleno se sangre seca. Ni tan siquiera tenían ojos. No me hubiesen visto, pero yo había llamado su atención pensando que seria más prudente para mi llamarlas desde lejos. Miré a mis espaldas. Mi única vía de escape estaba llena de carne putrefacta. No tenía salida en ninguna dirección.
[Continuará]
- Oh, disculpa, pasa. No sabia que había alguien esperando. - Miré el suelo avergonzado e hice un gesto con la cabeza de asentimiento, entrando en el servicio cuando aquel hombre se apartó. Cerré la puerta desde dentro, llamandome idiota por lo tonto que había sido: sencillamente el baño estaba ocupado, pero aquellos días todo me parecía más complejo de lo que realmente era.
Una vez dentro cerré el pequeño cerrojo y miré hacia el techo. Allí estaba, efectivamente, la rejilla pintada de blanco, para que no destacara, que se encargaba de renovar el aire de aquellos vestuarios. Cogí el banco más próximo y lo puse debajo. Seguidamente me dirigí a las taquillas metálicas que se usaban para dejar la ropa durante los entrenamiento y partidos, pero que ahora estaban siendo usadas para guardar pertenencias de forma segura, que no fueran excesivamente grandes. Saqué mi llave y abrí con cuidado la puerta, que chirrió levemente. Regí mis cosas, entre ellas una muda de ropa de calle preparada para ese momento (yo me había acostado en pijama para disimular), ropa oscura, con un gorro de lana y unos guantes. Cuando estuve listo, me subí al banco y examiné el respiradero. Hace algunos años la mayoría estaban sueltos, o si no lo estaban, mis amigos y yo nos encargábamos de ello pero lamentablemente el tiempo había pasado y ya se habían encargado de volver a ajustar aquellas entradas de aire. Metí los dedos por los huecos y aguante la respiración. Tensé los músculos y de un fuerte tirón saqué el enrrejillado. Por desgracia mis cálculos habían fallado: estaba convencido de que estaba más anclado, así que mi tirón provocó un ruido bastante fuerte, que en mi estado de nerviosismo provocó que encima, del susto, se me cayera al suelo aquella pieza metálica. Miré hacia la puerta muy nervioso, y sin tiempo para más me agarré a los bordes de aquel hueco. Me impulsé hacia arriba con tanto ímpetu que casi me golpeo con el techo del conducto. Empecé a reptar todo lo rápido que pude por aquel estrecho conducto. El trayecto se me hizo cortísimo. Enseguida llegué hasta la salida que se situaba encima del cuarto de mantenimiento, pero recorrí lo que me quedaba hasta la fachada primero. Miré por la salida de aire a la calle. La estampa del exterior era de soledad y tranquilidad: todo estaba desierto. Dos columnas de humo asomaban entre los rascacielos, o al menos eso creía, ya que la oscuridad de la noche me impedía tener certeza, y aunque la iluminación eléctrica funcionaba, todo estaba extrañamente oscuro y la imaginación podía estar jugandome una mala pasada. La imagen no era apocalíptica, pero si tenia un tono lúgubre. Al menos no había ningún zombie en la calle, eso era buena señal. Retrocedí hasta tocar de nuevo con las manos la salida del conducto que recogía el aire de la sala de limpieza. Empujé con las manos, ahora que ya tenía más calibrada la fuerza que tenía que emplear no formaría tanto ruido. Una vez sacada la rejilla, saqué mi móvil, el cual había dejado todo el día cargando, e iluminé delante de mi. Aquella habiatción parecía seguir teniendo la misma función, solo que ahora tenía un par de muebles más. Salté al suelo y me dirigí a la puerta. Dentro de mi sabía que el truco de la cerradura que no cerraba bien ya no me funcionaria, pero una vez habiendo llegado allí no me detendría. Además, el escandalo formado antes ya tendría de sobre aviso a los militares, que como mínimo me arrestarían si volvía atrás, así que no me andaría con muchos remilgos. Agarré el pomo de la puerta y comprobé, que efectivamente, estaba cerrada. Volví a intentarlo esta vez con un empujón más fuerte. No se abriría así. Retrocedí un par de pasos y le pegué un patada a la puerta, que esta vez sí se abrió de golpe, rompiéndose en parte la cerradura. Salí deprisa de allí, encajando la puerta a mis espaldas, pero no quería darle tiempo a posibles muertos vivientes a llegar atraidos por el escándolo. Recorrí a paso ligero la distancia que me separaba de la acera de enfrente y me pegué a la pared. Ya tenía la respiración agitada, la boca seca y el puso acelerado, y lo único que había echo era salir de aquel edificio. Al menos, si no regresaba nunca, Rodey estaría allí seguro, con todos aquellos militares, pero se que no me perdonaría nunca por irme así.
Caminé hasta la esquina, y me asomé, como tantas veces se ve en las películas. Miré con mucho cuidado y lo que vi fue una plaza desierta. Yo había pasado por aquí decenas de veces en el pasado, mi casa no distaba más de cinco manzanas, así que podía decirse que este era el barrio donde me crié. Miré también las ventanas y balcones de los edificios. Todos estaban, o bien cerrados, o en completa oscuridad. Por unos segundos empecé a arrepentirme, porque la escena me provocaba inseguridad, pero en mi interior sabía que era peor quedarse atrás con la incertidumbre. Hasta el momento todo había ido tan deprisa que no había tenido tiempo ni de llorar o hacerme más preguntas de las justas, y quería que siguiese así, huir hacia delante era todo lo que se me ocurría. Saqué el revolver de mi bolsillo, junto con las dos balas. El cargador tenía espacio para seis balas. Tres que Rodey había introducido el día anterior más esas dos hacían cinco: tendría que conformarme. Crucé la plaza, que no era excesivamente grande, y me metí por una calle pequeña que iba en paralelo al polideportivo y que terminaba en una larga avenida de rascacielos, el centro de la ciudad. Cuando alcancé el final de la callejuela me asomé... delante de mis ojos, justo lo que menos quería ver: al menos una veintena de aquellos monstruos se repartían entre los coches aparcados, o entre otros tantos que se hallaban en medio de la calzada abandonados a su suerte. Me escondí en las sombras que me proporcionaba mi posición. Los cristales de los escaparates cercanos estaban totalmente rotos y saqueados. Ene se instante un ruido llamó mi atención, y también la de aquellos seres, pues miraron en la misma dirección: el cielo. No había duda, se trataba de un helicóptero,. No me paré a saber si era militar, aproveché que todos los zombies estaban distraidos para salir a la carrera agachado por la acera hacia la izquierda, rezando porque todos aquellos diablos fueran tan lentos como los del motel. No puede evitar echar una mirada atrás. Todos aquellos seres presentaban heridas, la mayoría sangrantes, huesos a la vista, la mirada perdida... Todos llevaban la ropa del momento en que habían sido... "transformados". Claramente se distinguían un policía, dos bomberos, una ama de casa en pijama y.. un adolescente desnudo, entre otros, seguramente estaba dándose una ducha cuando todo se le vino encima... igual que yo, que simplemete estaba durmiendo, desando llegar a mi casa para pasar un agradable verano con mi familia cuando empezó aquella pesadilla, hace tan solo unos días... ¿Que demonios era todo aquello? ¿Alguna especia de castigo divino? ¿La autodestrucción del ser humano? ¿El siguiente salto evolutivo? Nosotros erradicábamos el entorno a nuestro antojo para que se adaptara a nosotros, no nosotros al entorno, como dictaba la naturaleza ¿acaso esta era su respuesta equivalente en rapidez y contundencia? Mis pensamientos se vieron interrumpidos con brusquedad cuando mi hombro y mi rodilla chocaron la puerta entreabierta de un coche, lo cual hizo saltar la alarma de este de inmediato. Todo por correr mirando detrás
- ¡Joder! - Grité para mi por el susto. Volví la vista de rápidamente hacia mis espaldas de nuevo. Todos y cada uno de aquellos seres se volvieron hacia mi, y sin pensárselo dos veces comenzaron a caminar hacia mi. Tendría que correr. Por suerte para mi, el resto de la avenida estaba desierto, y además era muy ancha, así que no tendría mayor problema en llegar a mi ca... de repente, de todas las bocacalles cercanas y lejanas a mi empezaron a surgir zombies, como si de una riada de carne muerta se tratase. Todos con aquellos pasos lentos pero inexorables. Miré lo que me rodeaba con desesperación, la adrenalina me recorría el torrente sanguíneo. A mi izquierda una serie de portales de un bloque de viviendas. Al otro lado de la calle una tienda de electrodomésticos, así como un callejón a su lateral. Si no recordaba mal y los nervios no me jugaban una mala pasada, no era un callejón sin salida. Lo más sensato no era coger aquel camino: dentro del callejón podía haber más zombies, pero no era mi momento de mayor lucidez precisamente. Corrí más rápido de lo que nunca imaginé. Enfoqué la callejuela y observe que estaba muy oscura. Corrí y corrí internándome cada vez más hasta que vislumbré una tapia de un metro y medio, hecha de ladrillo. Me impulsé con una mano y la salté, un par de metros más allá terminaba bruscamente el corredor, acabando en una nueva plaza, pequeña y sin salida, casi un patio interior de aquel bloque de viviendas que lo rodeaban, con un parque infantil en medio que contaba con el característico rectángulo de arena más columpios, y allí en medio justo de la arena, lo que parecían dos niñas de espaldas a mi, una de ellas agachada, tal vez escarbando en el suelo. No podía hablar, como siempre. Mi enfermedad no distinguía de edad, sexo o religión. Así que opté por zapatear en el suelo para llamar la atención de las niñas en caso de que pudiesen oírme. Las dos se giraron rápidamente hacia mi. Casi me caigo de espaldas de la impresión de lo que vi, que aún hoy día me provoca terribles pesadillas: ninguna de las niñas tenia rostro, toda la carne de su cara había sido arrancada de cuajo, dejando solo a la vista el cráneo, lleno se sangre seca. Ni tan siquiera tenían ojos. No me hubiesen visto, pero yo había llamado su atención pensando que seria más prudente para mi llamarlas desde lejos. Miré a mis espaldas. Mi única vía de escape estaba llena de carne putrefacta. No tenía salida en ninguna dirección.
[Continuará]
jueves, 2 de diciembre de 2010
Abandonar tu vida.
- ¿Donde están mis padres? - interrumpí a mi amigo. Rodey se quedó con la palabra en al boca. Dejó de andar y me miró con gesto de preocupación.
- Espera, tengo que contártelo todo, desde el principio. Ten paciencia.- Su ceño fruncido me preocupó sobremanera, pero cerré los ojos y suspiré. Me temía lo peor. Asentí con la cabeza en señal de que narrase lo sucedido. Nos acercamos a unos bancos del graderío y nos sentamos.
- Bueno, cuando caíste inconsciente en el coche Mónica empezó a conducir, en principio solo por huir de aquel sitio infernal, asustada y confusa. Así que cuando yo recuperé la consciencia vi que estábamos en dirección contraria, justo en sentido opuesto a Hammond. En principio me asusté bastante, no sabía donde estaba ni que pasaba, me desperté gritando y por poco provoco un accidente. Pasado ese sobresalto inicial me aseguré de que estabas bien y paramos, me puse yo de copiloto y a ti te tumbé en la parte posterior para que te repusieras. Le indiqué por donde debíamos ir para llegar a Hammond. Mónica también venía originalmente hacia aquí, pero pero la verdad, no le pregunté con que motivo. Por el camino he llamado a mi familia, están bien, lo que pasó en el motel parecía un hecho aislado, pero pronto comprendí que no. Lo que quedaba de trayecto nos ocupó el día entero, por lo que llegamos al anochecer. Por el camino vimos numerosos accidentes de trafico, y lo peor de todo: más... más de aquellas cosas. - Rodey tuvo que hacer una pausa, los ojos se le bañaron en lágrimas. Yo siempre había tenido a mi compañero de habitación universitaria por alguien fuerte animicamente, pero esta situación, esta pesadilla sobrepasa a cualquiera. - Estaban en la carretera, eran los inquilinos del motel. Algunos de ellos habían "resucitado" por el camino, en el coche. Se quedaban en medio de la calzada de pie y eso provocaba accidentes, se metían en los coches estrellados y trataban de comerse a los ocupantes, vimos varios coches de policía, y conforme pasaba el día el caos era mayor. Cada pocos kilómetros una nueva retención provocada por esos... zombies. La gente gritaba y no se como conseguimos esquivar todo aquello.. - Dejé de escuchar a Rodey unos segundos: me temblaban las piernas y el corazón me latía con fuerza. Oír a mi amigo decir la palabra "zombie" hacia que se me echara el mundo encima, una cosa era pensarlo yo, pero que incluso él lo aceptase ya, lo hacia más palpable, más real. Más terrorífico. - .. empecé a tener miedo por ti, no despertabas después de tantas horas. No obstante me alegré de ver por fin la ciudad. No sabia exactamente donde estaba tu casa, así que cogí la cartera de tu mochila para ver la dirección. Sé que la llevas apuntada ahí con tus datos y teléfono por si algún día estas en un apuro y no puedes comunicarte con alguien por tu mutismo. Mónica parecía conocer un poco la ciudad y no le costó llegar hasta la dirección. Por suerte los zombies no habían llegado hasta Hammond, pero si las noticias, por ello se había formado cierto revuelo, y en la radio no se hablaba de otra cosa. Al llegar a tu casa, te cogí en volandas para entrar. Suponía que tus padres se asustarían al verte así pero tenía que hacerlo. Mónica abrió, pero... la casa estaba vacía. Te dejé en tu cama y buscamos por todos los cuartos, e incluso pretendía salir a mirar en las calles cercanas pero, no quería dejar sola a Mónica ni ella quería que me fuese - Rodey se ruborizó - El caso es que apenas llevábamos veinte minutos en tu casa cuando todo comenzó a temblar. Todo comenzó a moverse con fuerza, los muebles se caían y se escucharon gritos. No sabía que hacer, pero por suerte acabó rápido. Se trataba de un simple (entre comillas) terremoto, pero tantas emociones fuertes una detrás de otra me estaban dejando sin fuerzas, y también es casualidad, justo en ese momento un terrremoto, joder... A los pocos minutos un coche policial barría las calles advirtiendo que nuevos movimientos sísmicos similares llegarían en pocos minutos e instaba a los ciudadanos que así lo quisiesen a venir al refugio preventivo de huracanes y terremotos más cercano. No se porqué me decidí a venir aquí la verdad. Lo cierto es que me encontraba incomodo en tu casa, sin sus dueños y tal. Mónica me dijo que si yo me quedaba contigo en el polideportivo ella tendría que irse a resolver lo que había venido a hacer en la ciudad. Y bueno nos despedimos. - Rodey volvió a sonrojarse y yo le pregunté, como movido por un resorte
- ¿Os besasteis?
- ... Bueno, la verdad es que sí -
No era el momento ni lo que debía preocuparme, pero una de calor recorrió mi cuerpo desde dentro: los celos. No tenía ningún derecho, yo la dejé en su piso cuando ella me pidió ayuda, pero aún así... No sabia que pensar.
- Tengo que buscarlos - Le dije.
- ¿A tus padres? No, no podemos. Estamos aquí encerrados "por nuestra propia seguridad". Cuando llegamos al refugio solo había una decena de personas, un puñado de polis y poco más. La doctora podía atenderte casi en exclusiva a ti, pero dos días después... -
- ¡Espera! ¿Dos días después? ¿Cuanto tiempo llevo dormido? - Interrumpí a Rodey sorprendido.
- ..Eh, pues cinco días contando el día de viaje. - Abrí los ojos fruto de la sorpresa. Lo cierto es que me encontraba débil por la falta de alimentación, pero a la vez totalmente recuperado de mis contusiones y de mis oídos. Pero para mi solo habían pasado unas horas en la inconsciencia.
- En fin, cuando llegaron los infectados a la ciudad, al segundo día de estar nosotros aquí, fuera se desató el caos, empezaron a sonar muchos disparos y a llegar mucha gente. Tuvimos que sacarte de la "enfermería" que la ampliaron como está ahora. Ayer llegaron los militares y el FBI, montaron aquella tiendo y ya nadie puede entrar o salir de aquí. - Concluyó Rodey. Miré en dirección a la salida. Efectivamente, la tienda de campaña de color verde oscuro custodiaba la puerta y a judgar por las familias que se amontonaban frente al militar de la puerta, y por los retazos de gritos que se escuchaban, muchas familias querían salir a buscar algún ser querido dejado atrás. Pronto salieron más militares de la tienda y comenzaron a empujar y aguantar a los desolados ciudadanos que pretendían salir.
- ¿Tienes el revolver? - le pregunté a Rodey volviendo la cabeza hacia él.
- Sí, pero... no tío, no. Es peligroso, aquellas cosas estás allá fuera. Cuando el gobierno acabe con la amenaza podremos salir, no tardaran muchos días más, a lo sumo tres, como nos aseguraron ayer. -
- Sí, pero dime una cosa, ¿que es lo que han dicho exactamente que hay fuera? -
- Pues.. una plaga, una plaga de gripe altamente peligrosa y riesgo de terremotos. -
- ¿Por que no han dicho que la gente se muere, se levanta y se comen vivos a los demás? ¿Crees de verdad que van a decir algo sincero, para provocar pánico y caos? Si mi familia está ahí fuera a merced de esos monstruos quiero saber si están vivos o no, y evidentemente, ellos no van a decirme nada. Estarán más preocupados de saber que carajo pasa y como les afectará economicamente como país...
- Ssssh baja la voz, si te oye alguien seras tu el que provoque más miedo entre esta gente. - Me reprochó Rodey. - Y puede que tengas toda la razón pero no puedes salir, por tu propio bien, y por que esa gente no va a dejarte. - En eso también estábamos de acuerdo, pero lo que Rodey no sabía es que yo conocía una manera de salir del recinto. Hace algunos años mis compañeros de equipo y yo nos colábamos en el polideportivo para aprovechar el terreno, incluso en ciertas ocasiones en las que este permanecía cerrado (algunas veces urante la noche). Para hacerlo, aprovechábamos una puerta de mantenimiento que nunca cerraba bien. Con un fuerte tirón podía abrirse, dentro, solo algunos utensilios de limpieza, pero existía un conducto de ventilación que terminaba en la fachada exterior por encima del cuarto. Para acceder a él entrábamos en el habitáculo, cerrábamos las puertas y quitábamos el falso techo para acceder al respiradero, muy amplio eso si. Teníamos que entrar desde el "cuarto de la limpieza" porque nos quedaba demasiado alta la salida del tubo en la fachada externa. Ya una vez recorridos unos metros del tubo, solo había que ascender por una de las múltiples salidas que daban al interior, bien a los vestuarios, bien a los propias pistas deportivas. De hecho en ese mimo momento solo tenía que mirar hacia la pared y ver las rejillas. Lo cierto es que ahora yo era algo más alto y ancho, ya no era un chaval de 15 años, pero cabría. Esperaría hasta el anochecer, cogería de nuevo una mochila con lo necesario, llegaría a la ventilación desde los vestuarios y saldría a buscar a mi familia. Lo cierto es que no podía meter en algo así a Rodey, era demasiado peligroso, pero me hubiese sentido mejor si él viniese.
- Tengo un par de cosas que hacer. ¿Qué cogiste de mi casa? - le pregunté a Rodey.
Por suerte para mi, Rodey había traído varias cosas útiles, entre ellas las maletas con mis cosas de la universidad. Pude hacer una mochila con una botella de agua, un cuchillo, comida al menos para dos días (yo creía que sería más que suficiente), las llaves, el móvil, la cartera con 100 dólares, una muda de ropa y lo más importante, recién salidos de mis maletas de la universidad: unos tapones para los oídos que usaba cuando estudiaba. Me serían altamente útiles para los gritos de los zombies. Por otra part,e pude ducharme y cambiarme de ropa. En el bolsillo del pantalón tenía ese extraño frasco de pastillas. El caso es que era demasiado subrealista que unas pastillas hubiesen provocado todo aquello.. Por si acaso, lo guardé también en la mochila. Todo esto tuve que hacerlo casi a escondidas, porque sabía que Rodey me impediría salir, o peor aún, querría acompañarme. Esperé el resto del día, ni me acerqué a los médicos a pesar de que suponía que tenía que ir al meno dos veces al día durante al menos las próxima cuarenta y ocho horas. Por fin la noche hizo acto de presencia en el polideportivo. Media docena de pequeñas luces eléctricas se encendieron. Noté que eran lo suficientemente tenues como para que la luz no llegara a los altos ventanales y no se viera la iluminación desde fuera. El frió me provocó un escalofrío. Antes de irme tenía que coger el revolver de Rodey.
Le dí las buenas noches con un gesto aproximadamente a las once de la noche,me tumbé y esperé una hora. Aún quedaban algunos grupitos hablando pero lejos de mi. Toda la gente de mi alrededor estaba durmiendo. Me puse de pie y miré hacia la puerta principal. Uno de los dos militares miró en mi dirección. Yo fingía que me dirigía a orinar al baño, donde previamente había dejado escondida la mochila. Pasé por delante de donde Rodey dormía (casualmente al lado de donde tenían sus "camas" un grupo de estudiantes, la mayoría chicas). Eché un vistazo rápido a sus pertenencias. Observé lo que parecía la pistola en el bolsillo de una de sus maletas. Me agaché y con un gesto rápido pero firme abrí el bolsillo, haciendo un ruido que me pareció excesivo. Estaba un poco nervioso y me parecía tener al soldado con la mirada clavada en la nuca. Saqué el revolver y tres balas calleron al colchón de Rodey. Al parecer él había cargado el arma con tres balas y las restantes las tenía en ese mismo bolsillo para terminar por la mañana. Las balas rodaron por el colchón y una de ellas llegó hasta su brazo. Aguanté la respiración unos segundos. Arrugó la nariz pero no se despertó. Cogí las otras dos balas y me puse de pie. Escondiendo la pistola, caminé con paso rápido hasta el vestuario. Cogí el pomo de la puerta desando desaparecer de la vista. Giré el pomo y empujé. "¡Mierda! ¡No!" pensé en mis adentros. La puerta estaba totalmente cerrada.
- Espera, tengo que contártelo todo, desde el principio. Ten paciencia.- Su ceño fruncido me preocupó sobremanera, pero cerré los ojos y suspiré. Me temía lo peor. Asentí con la cabeza en señal de que narrase lo sucedido. Nos acercamos a unos bancos del graderío y nos sentamos.
- Bueno, cuando caíste inconsciente en el coche Mónica empezó a conducir, en principio solo por huir de aquel sitio infernal, asustada y confusa. Así que cuando yo recuperé la consciencia vi que estábamos en dirección contraria, justo en sentido opuesto a Hammond. En principio me asusté bastante, no sabía donde estaba ni que pasaba, me desperté gritando y por poco provoco un accidente. Pasado ese sobresalto inicial me aseguré de que estabas bien y paramos, me puse yo de copiloto y a ti te tumbé en la parte posterior para que te repusieras. Le indiqué por donde debíamos ir para llegar a Hammond. Mónica también venía originalmente hacia aquí, pero pero la verdad, no le pregunté con que motivo. Por el camino he llamado a mi familia, están bien, lo que pasó en el motel parecía un hecho aislado, pero pronto comprendí que no. Lo que quedaba de trayecto nos ocupó el día entero, por lo que llegamos al anochecer. Por el camino vimos numerosos accidentes de trafico, y lo peor de todo: más... más de aquellas cosas. - Rodey tuvo que hacer una pausa, los ojos se le bañaron en lágrimas. Yo siempre había tenido a mi compañero de habitación universitaria por alguien fuerte animicamente, pero esta situación, esta pesadilla sobrepasa a cualquiera. - Estaban en la carretera, eran los inquilinos del motel. Algunos de ellos habían "resucitado" por el camino, en el coche. Se quedaban en medio de la calzada de pie y eso provocaba accidentes, se metían en los coches estrellados y trataban de comerse a los ocupantes, vimos varios coches de policía, y conforme pasaba el día el caos era mayor. Cada pocos kilómetros una nueva retención provocada por esos... zombies. La gente gritaba y no se como conseguimos esquivar todo aquello.. - Dejé de escuchar a Rodey unos segundos: me temblaban las piernas y el corazón me latía con fuerza. Oír a mi amigo decir la palabra "zombie" hacia que se me echara el mundo encima, una cosa era pensarlo yo, pero que incluso él lo aceptase ya, lo hacia más palpable, más real. Más terrorífico. - .. empecé a tener miedo por ti, no despertabas después de tantas horas. No obstante me alegré de ver por fin la ciudad. No sabia exactamente donde estaba tu casa, así que cogí la cartera de tu mochila para ver la dirección. Sé que la llevas apuntada ahí con tus datos y teléfono por si algún día estas en un apuro y no puedes comunicarte con alguien por tu mutismo. Mónica parecía conocer un poco la ciudad y no le costó llegar hasta la dirección. Por suerte los zombies no habían llegado hasta Hammond, pero si las noticias, por ello se había formado cierto revuelo, y en la radio no se hablaba de otra cosa. Al llegar a tu casa, te cogí en volandas para entrar. Suponía que tus padres se asustarían al verte así pero tenía que hacerlo. Mónica abrió, pero... la casa estaba vacía. Te dejé en tu cama y buscamos por todos los cuartos, e incluso pretendía salir a mirar en las calles cercanas pero, no quería dejar sola a Mónica ni ella quería que me fuese - Rodey se ruborizó - El caso es que apenas llevábamos veinte minutos en tu casa cuando todo comenzó a temblar. Todo comenzó a moverse con fuerza, los muebles se caían y se escucharon gritos. No sabía que hacer, pero por suerte acabó rápido. Se trataba de un simple (entre comillas) terremoto, pero tantas emociones fuertes una detrás de otra me estaban dejando sin fuerzas, y también es casualidad, justo en ese momento un terrremoto, joder... A los pocos minutos un coche policial barría las calles advirtiendo que nuevos movimientos sísmicos similares llegarían en pocos minutos e instaba a los ciudadanos que así lo quisiesen a venir al refugio preventivo de huracanes y terremotos más cercano. No se porqué me decidí a venir aquí la verdad. Lo cierto es que me encontraba incomodo en tu casa, sin sus dueños y tal. Mónica me dijo que si yo me quedaba contigo en el polideportivo ella tendría que irse a resolver lo que había venido a hacer en la ciudad. Y bueno nos despedimos. - Rodey volvió a sonrojarse y yo le pregunté, como movido por un resorte
- ¿Os besasteis?
- ... Bueno, la verdad es que sí -
No era el momento ni lo que debía preocuparme, pero una de calor recorrió mi cuerpo desde dentro: los celos. No tenía ningún derecho, yo la dejé en su piso cuando ella me pidió ayuda, pero aún así... No sabia que pensar.
- Tengo que buscarlos - Le dije.
- ¿A tus padres? No, no podemos. Estamos aquí encerrados "por nuestra propia seguridad". Cuando llegamos al refugio solo había una decena de personas, un puñado de polis y poco más. La doctora podía atenderte casi en exclusiva a ti, pero dos días después... -
- ¡Espera! ¿Dos días después? ¿Cuanto tiempo llevo dormido? - Interrumpí a Rodey sorprendido.
- ..Eh, pues cinco días contando el día de viaje. - Abrí los ojos fruto de la sorpresa. Lo cierto es que me encontraba débil por la falta de alimentación, pero a la vez totalmente recuperado de mis contusiones y de mis oídos. Pero para mi solo habían pasado unas horas en la inconsciencia.
- En fin, cuando llegaron los infectados a la ciudad, al segundo día de estar nosotros aquí, fuera se desató el caos, empezaron a sonar muchos disparos y a llegar mucha gente. Tuvimos que sacarte de la "enfermería" que la ampliaron como está ahora. Ayer llegaron los militares y el FBI, montaron aquella tiendo y ya nadie puede entrar o salir de aquí. - Concluyó Rodey. Miré en dirección a la salida. Efectivamente, la tienda de campaña de color verde oscuro custodiaba la puerta y a judgar por las familias que se amontonaban frente al militar de la puerta, y por los retazos de gritos que se escuchaban, muchas familias querían salir a buscar algún ser querido dejado atrás. Pronto salieron más militares de la tienda y comenzaron a empujar y aguantar a los desolados ciudadanos que pretendían salir.
- ¿Tienes el revolver? - le pregunté a Rodey volviendo la cabeza hacia él.
- Sí, pero... no tío, no. Es peligroso, aquellas cosas estás allá fuera. Cuando el gobierno acabe con la amenaza podremos salir, no tardaran muchos días más, a lo sumo tres, como nos aseguraron ayer. -
- Sí, pero dime una cosa, ¿que es lo que han dicho exactamente que hay fuera? -
- Pues.. una plaga, una plaga de gripe altamente peligrosa y riesgo de terremotos. -
- ¿Por que no han dicho que la gente se muere, se levanta y se comen vivos a los demás? ¿Crees de verdad que van a decir algo sincero, para provocar pánico y caos? Si mi familia está ahí fuera a merced de esos monstruos quiero saber si están vivos o no, y evidentemente, ellos no van a decirme nada. Estarán más preocupados de saber que carajo pasa y como les afectará economicamente como país...
- Ssssh baja la voz, si te oye alguien seras tu el que provoque más miedo entre esta gente. - Me reprochó Rodey. - Y puede que tengas toda la razón pero no puedes salir, por tu propio bien, y por que esa gente no va a dejarte. - En eso también estábamos de acuerdo, pero lo que Rodey no sabía es que yo conocía una manera de salir del recinto. Hace algunos años mis compañeros de equipo y yo nos colábamos en el polideportivo para aprovechar el terreno, incluso en ciertas ocasiones en las que este permanecía cerrado (algunas veces urante la noche). Para hacerlo, aprovechábamos una puerta de mantenimiento que nunca cerraba bien. Con un fuerte tirón podía abrirse, dentro, solo algunos utensilios de limpieza, pero existía un conducto de ventilación que terminaba en la fachada exterior por encima del cuarto. Para acceder a él entrábamos en el habitáculo, cerrábamos las puertas y quitábamos el falso techo para acceder al respiradero, muy amplio eso si. Teníamos que entrar desde el "cuarto de la limpieza" porque nos quedaba demasiado alta la salida del tubo en la fachada externa. Ya una vez recorridos unos metros del tubo, solo había que ascender por una de las múltiples salidas que daban al interior, bien a los vestuarios, bien a los propias pistas deportivas. De hecho en ese mimo momento solo tenía que mirar hacia la pared y ver las rejillas. Lo cierto es que ahora yo era algo más alto y ancho, ya no era un chaval de 15 años, pero cabría. Esperaría hasta el anochecer, cogería de nuevo una mochila con lo necesario, llegaría a la ventilación desde los vestuarios y saldría a buscar a mi familia. Lo cierto es que no podía meter en algo así a Rodey, era demasiado peligroso, pero me hubiese sentido mejor si él viniese.
- Tengo un par de cosas que hacer. ¿Qué cogiste de mi casa? - le pregunté a Rodey.
Por suerte para mi, Rodey había traído varias cosas útiles, entre ellas las maletas con mis cosas de la universidad. Pude hacer una mochila con una botella de agua, un cuchillo, comida al menos para dos días (yo creía que sería más que suficiente), las llaves, el móvil, la cartera con 100 dólares, una muda de ropa y lo más importante, recién salidos de mis maletas de la universidad: unos tapones para los oídos que usaba cuando estudiaba. Me serían altamente útiles para los gritos de los zombies. Por otra part,e pude ducharme y cambiarme de ropa. En el bolsillo del pantalón tenía ese extraño frasco de pastillas. El caso es que era demasiado subrealista que unas pastillas hubiesen provocado todo aquello.. Por si acaso, lo guardé también en la mochila. Todo esto tuve que hacerlo casi a escondidas, porque sabía que Rodey me impediría salir, o peor aún, querría acompañarme. Esperé el resto del día, ni me acerqué a los médicos a pesar de que suponía que tenía que ir al meno dos veces al día durante al menos las próxima cuarenta y ocho horas. Por fin la noche hizo acto de presencia en el polideportivo. Media docena de pequeñas luces eléctricas se encendieron. Noté que eran lo suficientemente tenues como para que la luz no llegara a los altos ventanales y no se viera la iluminación desde fuera. El frió me provocó un escalofrío. Antes de irme tenía que coger el revolver de Rodey.
Le dí las buenas noches con un gesto aproximadamente a las once de la noche,me tumbé y esperé una hora. Aún quedaban algunos grupitos hablando pero lejos de mi. Toda la gente de mi alrededor estaba durmiendo. Me puse de pie y miré hacia la puerta principal. Uno de los dos militares miró en mi dirección. Yo fingía que me dirigía a orinar al baño, donde previamente había dejado escondida la mochila. Pasé por delante de donde Rodey dormía (casualmente al lado de donde tenían sus "camas" un grupo de estudiantes, la mayoría chicas). Eché un vistazo rápido a sus pertenencias. Observé lo que parecía la pistola en el bolsillo de una de sus maletas. Me agaché y con un gesto rápido pero firme abrí el bolsillo, haciendo un ruido que me pareció excesivo. Estaba un poco nervioso y me parecía tener al soldado con la mirada clavada en la nuca. Saqué el revolver y tres balas calleron al colchón de Rodey. Al parecer él había cargado el arma con tres balas y las restantes las tenía en ese mismo bolsillo para terminar por la mañana. Las balas rodaron por el colchón y una de ellas llegó hasta su brazo. Aguanté la respiración unos segundos. Arrugó la nariz pero no se despertó. Cogí las otras dos balas y me puse de pie. Escondiendo la pistola, caminé con paso rápido hasta el vestuario. Cogí el pomo de la puerta desando desaparecer de la vista. Giré el pomo y empujé. "¡Mierda! ¡No!" pensé en mis adentros. La puerta estaba totalmente cerrada.
jueves, 25 de noviembre de 2010
Regresar a casa.
No podía cerrar los ojos de puro pánico, además no iba a quedarme inconsciente por el momento y no tenía fuerzas para defenderme, ya que el dolor y el mareo me habían debilitado. Estaban a tan solo cuatro o cinco metros. Rodey tenía más suerte. Me iban comer vivo y tendría que soportarlo despierto.
Intenté gritar, pero lo único que produje fue una especie de aullido. El dolor y la angustia eran insoportables. A cada paso que daban se acercaban un poco más... hasta que de repente algo impactó en la cabeza de uno de los zombies, con tanta fuerza que lo derribó al suelo. Miré hacia el hueco que se formaba ahora entre nuestros atacantes y vi la a ella. La mujer de pelo cobrizo, Mónica, a al cual yo no había auxiliado, ahora, silla en mano, nos salvaba a Rodey y a mi. Ni la había visto acercarse. Mónica tenía entre las manos una de las sillas de hierro del comedor. En su cara también había miedo, pero parece que ella era mejor persona y más valiente que yo: no iba a dejarnos morir allí y de aquella manera. Con la silla golpeó a izquierda y derecha, derribando aquellos muertos andantes. Dejó caer la silla, corrió hacia nosotros y me ayudó a levantarme. Sacando fuerzas de la flaqueza desenfundé nuevamente el revolver y le hice un gesto con la cabeza para que recogiese a Rodey y me dejara a mi. Al menos yo podía andar y el miedo estaba dejando paso a la ira. Apunté a la cabeza del más próximo. Incluso en aquella situación mi problema para hablar con los demás me daba la suficiente perspectiva para darme cuenta de que solo dos de aquellos monstruos no habían vuelto a levantarse tras ser heridos: aquel al que había disparado momentos antes a la cabeza por estar sujetando a Rodey por la espalda y aquel que yacía a mis pies a escasos metros, que tenía la cabeza abierta a causa del golpe con la silla propinado por Mónica. Estaba muy enfadado y dolorido, mi rabia me nubló la razón. Disparé los tres tiros que me quedaban en el arma,a la cabeza, matando en el proceso a tres zombies, pero seguían quedando varios más andando sin detenerse hacia nosotros. Mónica tenia cogido a Rodey para ayudarlo a caminar, yo apenas podía andar y había gastado todas las balas. El sonido de los tiros atraería más... Apoyé mi mano en el hombro de Rodey, que había recuperado un poco la consciencia, al menos podía caminar y no tendríamos que llevarlo a cuestas. Empecé a caminar junto con Mónica hacia nuestro coche que estaba en medio del parkig. Los zombies no agarraron mi brazo de puro milagro, pero aún con lo lento que andábamos eramos más rápidos que ellos. El corto trayecto hasta el coche se me hizo eterno, pero conseguimos llegar sin que ninguna de ellos nos cogiese. Colocamos a Rodey en la parte trasera del coche y yo me senté de co-piloto, no tenía fuerzas para conducir. Le di las llaves a Mónica, arrancó y eso fue lo ultimo que recuerdo antes de caer en la insconciencia y la negrura me tragase.
Abrí los ojos sobresaltado. Había tenido una pesadilla terrible. Pero ahora al mirar a mi alrededor vería el cuarto del motel seguiría mi viaje y pasaría un estupendo verano toda aquella mierda pasaría a la historia. Pero al mirar a mi alrededor lo único que vi fue oscuridad. Busqué el interruptor de la luz... ¿pero donde demonios estaba tumbado? Aquello parecía una manta, pero debajo lo único que había era frío suelo. Mi cabeza estaba apoyada en una almohada que olía, extrañamente a mi... Intenté palpar mi entorno. Toqué algo que parecía ser mi mochila. Seguí palpando y agarré... una pierna humana. La respiración se me cortó. La solté rápidamente y me incorporé. Al ponerme de pie sobre la "cama" me di cuenta de que el sitio en el que estaba era un espacio grande, con una ventanas enormes muy altas, que desde el suelo no veía. La luz de la luna entraba por ellas dejandome claro que era muy entrada la noche. Me quedé totalmente quieto. Mis pupilas se acostumbraron a la oscuridad y vi donde me encontraba. Mi afición a los deportes se inició justamente aquí, en el pabellón de los deportes de Hammond, mi ciudad natal. En las pistas donde más de un centenar de personas dormían a mi alrededor, tumbadas sobre colchones, mantas, sacos de dormir, etc... yo pasaba horas jugando a baloncesto con Rodey, al tenis, al soccer,... en mi época de instituto. Este edificio era el recomendado en caso de emergencias, tales como un terremoto o un tornado, junto con los otros pabellones repartidos por la ciudad. En una ocasión la casa de un compañero de clase en el instituto se incendió y hubo de dormir dos noches aquí con su familia. Volví a tumbarme en el suelo. Me acurruqué en posición fetal y comencé a llorar como un crío. Cuando ya no me quedaron lágrimas ni fuerzas me quedé dormido. Amaneció y con ello comenzó la actividad en aquel lugar. Pude ver lo que la oscuridad de la noche no me había dejado: todas las pistas estaban ocupadas como dormitorio comúnRodey con una amplia sonrisa. No pude menos que reírme y abrazarlo.
- Joder tío, estamos vivos después de todo ¿eh? - me dijo sin dejar de abrazarme. Nos separamos y lo miré, le hice una señal para subir a las gradas, donde podría hablar sin problemas. Precisamente estas habían sido lo que en un principio habían evitado que viese los ventanales. Las gradas estaban en una posición superior, rodeando las pistas y desde el suelo no podía ver la parte alta de las paredes del recinto, donde se hallaban las vidrieras. Subimos las escaleras no sin tener que esquivar a muchas caras largas y de tristeza que nos rodaban. Se notaba en el ambiente la pesadumbre. Me moría de impaciencia por preguntárselo, así que en cuanto estuvimos en las escaleras de acceso al graderío se lo dije:
- ¿Esto es Hammond verdad?
- Sí, esa chica, Mónica, condujo hasta aquí porque se lo indiqué. Dijo que también venía hacia Hammond, así que nos trajo hasta la casa de tus padres. Entonces...
- ¿Donde están mis padres? - interrumpí a mi amigo. Rodey se quedó con la palabra en al boca. Dejó de andar y me miró con gesto de preocupación.
[Continuará]
Intenté gritar, pero lo único que produje fue una especie de aullido. El dolor y la angustia eran insoportables. A cada paso que daban se acercaban un poco más... hasta que de repente algo impactó en la cabeza de uno de los zombies, con tanta fuerza que lo derribó al suelo. Miré hacia el hueco que se formaba ahora entre nuestros atacantes y vi la a ella. La mujer de pelo cobrizo, Mónica, a al cual yo no había auxiliado, ahora, silla en mano, nos salvaba a Rodey y a mi. Ni la había visto acercarse. Mónica tenía entre las manos una de las sillas de hierro del comedor. En su cara también había miedo, pero parece que ella era mejor persona y más valiente que yo: no iba a dejarnos morir allí y de aquella manera. Con la silla golpeó a izquierda y derecha, derribando aquellos muertos andantes. Dejó caer la silla, corrió hacia nosotros y me ayudó a levantarme. Sacando fuerzas de la flaqueza desenfundé nuevamente el revolver y le hice un gesto con la cabeza para que recogiese a Rodey y me dejara a mi. Al menos yo podía andar y el miedo estaba dejando paso a la ira. Apunté a la cabeza del más próximo. Incluso en aquella situación mi problema para hablar con los demás me daba la suficiente perspectiva para darme cuenta de que solo dos de aquellos monstruos no habían vuelto a levantarse tras ser heridos: aquel al que había disparado momentos antes a la cabeza por estar sujetando a Rodey por la espalda y aquel que yacía a mis pies a escasos metros, que tenía la cabeza abierta a causa del golpe con la silla propinado por Mónica. Estaba muy enfadado y dolorido, mi rabia me nubló la razón. Disparé los tres tiros que me quedaban en el arma,a la cabeza, matando en el proceso a tres zombies, pero seguían quedando varios más andando sin detenerse hacia nosotros. Mónica tenia cogido a Rodey para ayudarlo a caminar, yo apenas podía andar y había gastado todas las balas. El sonido de los tiros atraería más... Apoyé mi mano en el hombro de Rodey, que había recuperado un poco la consciencia, al menos podía caminar y no tendríamos que llevarlo a cuestas. Empecé a caminar junto con Mónica hacia nuestro coche que estaba en medio del parkig. Los zombies no agarraron mi brazo de puro milagro, pero aún con lo lento que andábamos eramos más rápidos que ellos. El corto trayecto hasta el coche se me hizo eterno, pero conseguimos llegar sin que ninguna de ellos nos cogiese. Colocamos a Rodey en la parte trasera del coche y yo me senté de co-piloto, no tenía fuerzas para conducir. Le di las llaves a Mónica, arrancó y eso fue lo ultimo que recuerdo antes de caer en la insconciencia y la negrura me tragase.
Abrí los ojos sobresaltado. Había tenido una pesadilla terrible. Pero ahora al mirar a mi alrededor vería el cuarto del motel seguiría mi viaje y pasaría un estupendo verano toda aquella mierda pasaría a la historia. Pero al mirar a mi alrededor lo único que vi fue oscuridad. Busqué el interruptor de la luz... ¿pero donde demonios estaba tumbado? Aquello parecía una manta, pero debajo lo único que había era frío suelo. Mi cabeza estaba apoyada en una almohada que olía, extrañamente a mi... Intenté palpar mi entorno. Toqué algo que parecía ser mi mochila. Seguí palpando y agarré... una pierna humana. La respiración se me cortó. La solté rápidamente y me incorporé. Al ponerme de pie sobre la "cama" me di cuenta de que el sitio en el que estaba era un espacio grande, con una ventanas enormes muy altas, que desde el suelo no veía. La luz de la luna entraba por ellas dejandome claro que era muy entrada la noche. Me quedé totalmente quieto. Mis pupilas se acostumbraron a la oscuridad y vi donde me encontraba. Mi afición a los deportes se inició justamente aquí, en el pabellón de los deportes de Hammond, mi ciudad natal. En las pistas donde más de un centenar de personas dormían a mi alrededor, tumbadas sobre colchones, mantas, sacos de dormir, etc... yo pasaba horas jugando a baloncesto con Rodey, al tenis, al soccer,... en mi época de instituto. Este edificio era el recomendado en caso de emergencias, tales como un terremoto o un tornado, junto con los otros pabellones repartidos por la ciudad. En una ocasión la casa de un compañero de clase en el instituto se incendió y hubo de dormir dos noches aquí con su familia. Volví a tumbarme en el suelo. Me acurruqué en posición fetal y comencé a llorar como un crío. Cuando ya no me quedaron lágrimas ni fuerzas me quedé dormido. Amaneció y con ello comenzó la actividad en aquel lugar. Pude ver lo que la oscuridad de la noche no me había dejado: todas las pistas estaban ocupadas como dormitorio comúnRodey con una amplia sonrisa. No pude menos que reírme y abrazarlo.
- Joder tío, estamos vivos después de todo ¿eh? - me dijo sin dejar de abrazarme. Nos separamos y lo miré, le hice una señal para subir a las gradas, donde podría hablar sin problemas. Precisamente estas habían sido lo que en un principio habían evitado que viese los ventanales. Las gradas estaban en una posición superior, rodeando las pistas y desde el suelo no podía ver la parte alta de las paredes del recinto, donde se hallaban las vidrieras. Subimos las escaleras no sin tener que esquivar a muchas caras largas y de tristeza que nos rodaban. Se notaba en el ambiente la pesadumbre. Me moría de impaciencia por preguntárselo, así que en cuanto estuvimos en las escaleras de acceso al graderío se lo dije:
- ¿Esto es Hammond verdad?
- Sí, esa chica, Mónica, condujo hasta aquí porque se lo indiqué. Dijo que también venía hacia Hammond, así que nos trajo hasta la casa de tus padres. Entonces...
- ¿Donde están mis padres? - interrumpí a mi amigo. Rodey se quedó con la palabra en al boca. Dejó de andar y me miró con gesto de preocupación.
[Continuará]
viernes, 19 de noviembre de 2010
Dolor más deseperación: agonía.
Ambos no quedamos mirando el cuerpo, tumbado bocabajo, durante varios segundos, sin saber que hacer. Las sirenas de la policía estaban ya aquí, en el motel. Escuchamos a los coches aparcar en el parking. Pero ninguno de los dos podíamos reaccionar. "Aquello" , el zombie, o como se llamase, estaba poniéndose de pie.
Mientras nuestros cuerpos paralizados y con la respiración agitada miraban el espectáculo, mis manos aferraron el revolver con tanta fuerza que dejé de sentirlo.
- ¡Corre! ¡Corre! ¡Muevete! - Rodey me empujó con fuerza, haciéndole avanzar hacia la entrada del motel, donde se escuchaban ya las puertas de los coches policiales abriéndose. Pero no nos resultaría tan fácil. Aquella pesadilla caminó un par de pasos hacia su derecha con toda la cara totalmente destrozada y ensangrentada por la caída, solo se adivinaba un ojo en la pulpa de su cara, y me pareció ver un par de costillas asomando por la camisa. Al situarse en esa nueva posición provocó que el camino que nos quedaba para huir fuese muy estrecho. Me paré de golpe. Es cierto que podíamos pasar facilmente corriendo, aquel monstruo era lento y torpe, más aún si cabe debido a que cuando estaba vivo también lo era, pero podía volver a emitir aquel angustioso grito. Hasta ese momento había presenciado dos veces aquello, y en ambas me encontraba a varios metros del ser, y aún así el sonido me había aturdido, no quería comprobar que pasaba entando cerca.
- ¡No, espera! ¡Por aquí! - Me frené en seco y agarré de la camiseta a Rodey, dandome la vuelta de inmediato: a nuestras espaldas estaba la única salida posible: el bosquecillo de pequeños arboles.
Empezamos a correr esquivando facilmente los troncos. Solo escuchaba los golpes amortiguados de nuestras mochilas contra la espaldas, y nuestra propia respiración cada vez más fuerte. Cuando nos habíamos alejado al menos setecientos metros del motel dejamos de correr y nos apoyamos en uno de los arbolillos. En el cielo, frente a nosotros el cielo se teñía de naranja oscuro, anunciando la llegada del nuevo día. Me sequé el sudor de la frente y miré a mi alrededor. Nada nos seguía. El silencio se rompió con varios disparos lanzados en el motel. Parece que los problemas con la policía comenzaban en el motel. Me temblaban las piernas mezcla del miedo y del dolor. Seguía sosteniendo en mis manos el revolver 45 Long Colt de Rodey.
- Sobrevivió a tus disparos y los disparos del policía... - Murmuré
- ¿Qué? ¿Quién? ¿La mujer? - Me preguntaba Rodey confuso.
- La vi en la tercera planta... Se puso de pié con todo el cuerpo agujereado. También gritó como lo hizo él y rompió en pedazos las bombillas y cristales de alrededor... -
- ¡Joder! ¡A la mierda con esto! - La patada de Rodey casi quiebra un árbol, pero creo que se hizo más daño él que la planta. - ¡Nada de esto tiene ningún sentido! ¡Me cago en la puta! ¡Es una jodida broma! ¡Y si pillo al responsable te juro que le rompo las piernas! ¡Esto no es una puñetera película! - Con cada palabra se iba enfadando más y más, hasta que alzó la cara al cielo y gritó - ¿¡ME OYES?! -
- Ssssshh ¡Callate! ¡Puedes atraerlos aquí maldito idiota! - Le repliqué a Rodey, pero yo también le estaba gritando. La solo idea de ver a otro ser de esos hizo que Rodey se callara de inmediato y empezara a otear en todas las direcciones. Me llevé la mano al bolsillo del pantalón. Rodey había mencionado al "culpable" de todo esto. Saqué el franco de pastillas en que una etiqueta dejaba leer "Riders Corp." y lo observé. Parecía una marca comercial, o tal vez una empresa farmaceutica. En los videojuegos y películas zombie, normalmente había una malvada empresa que creaba el virus... ¿De verdad estaba pensando en aquello en serio? ¿Cómo es posible que alguien en su sano juicio piense en organizaciones secretas que crean virus que levantan muertos de sus tumbas? Mis reflexiones acabaron bruscamente cuando me dí cuenta de que Rodey me miraba.
- Tío, tenemos que volver a por el coche. Ya no suenan disparos. Lo más probable es que la poli halla detenido a los... a los tipos esos.... - Me dijo. Miré con el ceño fruncido hacia el tejado que se adivinaba entre los arboles.
- Esperaremos a que amanezca del todo. No debe quedar más de veinte minutos para que salga el sol del todo. - Rodey asintió con la cabeza; le parecía una buena y idea y se sentó en el suelo, con la espalda apoyada en un tocón.
El tiempo hasta el amanecer nos lo pasamos en completo silencio. Rodey tenía la mirada perdida y aspecto de cansado. Suponía que mi cara reflejaría lo mismo. Además volvía a sentir el dolor en las articulaciones de la caída por las escaleras y en los oídos tenía una sensación extraña causado por los gritos de aquellas cosas. ¿Como diablos lo harían? Cuando amaneció por fin solo tuve que mirar a Rodey y nos pusimos en marcha.
Salimos con sumo cuidado de entre los arboles, observando el edificio y los alrededores. No queríamos más sustos. Mi corazón latía con fuerza, retumbando en mi pecho, mis ojos buscaban a otro de aquellos seres saliendo entre los arboles, tras cada esquina. creí escuchar en varias ocasiones el gorgoteo que emitían por la boca esos seres de pesadilla. Cuando llegamos a la parte delantera del edificio nuestras esperanzas, nuestra ilusión de salir de allí se tornaron en frustación: los coches de policía estaban abiertos, y los cuerpos de varios agentes de la ley estaban repartidos por la entrada, casi todos mordidos y la mayoría con casi la totalidad del esqueleto al sol. Alzando un poco la mirada se observaba el parking, donde antes casi no cabía un coche ahora solo estaban estacionados una docena, pero repartidos por el asfalto más cuerpos sin vidas de los inquilinos del motel. Mi coche seguía aparcado, allí frente a nosotros. Pero no iba a ser tan fácil, sobre cada uno de los cuerpos que yacían ante nosotros, uno o más zombies (sí, he de usar ese termino a partir da ahora, aunque en aquellos momentos me pareciera la mayor de las absurdeces), arrodillados o agachados, se dedicaban a devorar el cuerpo. Tanto mi amigo, como yo mismo, hubimos de vomitar allí mismo. El sonido alertó a varios de los más cercanos, en concreto a dos que estaban comiendo la carne de uno de los policías. Saqué la pistola por puro instinto, y disparé al primero que se puso de pie. Fallé, como de esperar, en el último instante mi moral me traicionó. No iba a disparar a una persona, aquella cosa era un muchacho de no más de diecisiete años con el pelo corto y moreno. En sus ojos, con la mirada perdida, aún había lágrimas... Que ingenuo, aún creía que esas cosas eran personas. El sonido del disparo resonó con una fuerza inusual. Como ya había sucedido anteriormente, lejos de amedrentar al zombie, hizo que este caminara un poco más rápido hacia mi. Caminé un par de pasos hacia atrás y en ese instante Rodey gritó. Mientras esto ocurría, el resto de aquellos demonios se pusieron en pie y empezaron a caminar hacia nosotros, unos doce o trece. El grito de Rodey lo causaba que, sin que nos diésemos cuenta, teníamos a otros dos zombies a nuestras espaldas. Uno de ellos había cogido a Rodey por la camiseta, y le había clavado las uñas, provocando cinco surcos ensangrentados, al levantar la piel de su antebrazo. Levanté nuevamente el arma y puse el cañón del arma en la sien de aquella cosa. Cerré los ojos con fuerza y apreté el gatillo. La sangre me salpicó desde la mano hasta el pecho, incluyendo la cara. El sonido tan fuerte y cercano a los oídos de Rodey hizo que este tuviera que taparselos con las manos. Agarré del brazo no dañado a Rodey y comencé a tirar de él para huir de allí. Pero eso provocó una reacción en cadena. Todos los zombies abrieron la boca al unisono y empezaron a gritar. Aquella llamada a la muerte, con tanta potencia provocó que yo también gritara de dolor. Rodey empezó a sangrar por sus ya martirizados oídos y calló al suelo inconsciente del parking. Yo no podía parar de taparme las orejas. Intenté abrir los ojos para ver donde estaban nuestros depredadores antes de caer al suelo yo también. El dolor era tal que prefería morir antes de seguir soportando aquello. Vi que se formaba un cerco a nuestro alrededor. La sangre me empezó a brotar por la nariz justo un segundo antes de que parara el último de ellos de gritar. No podía cerrar los ojos de puro pánico, además no iba a quedarme insconciente por el momento y no tenía fuerzas para defenderme, ya que el dolor y el mareo me habían debilitado. Estaban a tan solo cuatro o cinco metros. Rodey tenía más suerte. Me iban comer vivo y tendría que soportarlo despierto.
[Continuará]
Mientras nuestros cuerpos paralizados y con la respiración agitada miraban el espectáculo, mis manos aferraron el revolver con tanta fuerza que dejé de sentirlo.
- ¡Corre! ¡Corre! ¡Muevete! - Rodey me empujó con fuerza, haciéndole avanzar hacia la entrada del motel, donde se escuchaban ya las puertas de los coches policiales abriéndose. Pero no nos resultaría tan fácil. Aquella pesadilla caminó un par de pasos hacia su derecha con toda la cara totalmente destrozada y ensangrentada por la caída, solo se adivinaba un ojo en la pulpa de su cara, y me pareció ver un par de costillas asomando por la camisa. Al situarse en esa nueva posición provocó que el camino que nos quedaba para huir fuese muy estrecho. Me paré de golpe. Es cierto que podíamos pasar facilmente corriendo, aquel monstruo era lento y torpe, más aún si cabe debido a que cuando estaba vivo también lo era, pero podía volver a emitir aquel angustioso grito. Hasta ese momento había presenciado dos veces aquello, y en ambas me encontraba a varios metros del ser, y aún así el sonido me había aturdido, no quería comprobar que pasaba entando cerca.
- ¡No, espera! ¡Por aquí! - Me frené en seco y agarré de la camiseta a Rodey, dandome la vuelta de inmediato: a nuestras espaldas estaba la única salida posible: el bosquecillo de pequeños arboles.
Empezamos a correr esquivando facilmente los troncos. Solo escuchaba los golpes amortiguados de nuestras mochilas contra la espaldas, y nuestra propia respiración cada vez más fuerte. Cuando nos habíamos alejado al menos setecientos metros del motel dejamos de correr y nos apoyamos en uno de los arbolillos. En el cielo, frente a nosotros el cielo se teñía de naranja oscuro, anunciando la llegada del nuevo día. Me sequé el sudor de la frente y miré a mi alrededor. Nada nos seguía. El silencio se rompió con varios disparos lanzados en el motel. Parece que los problemas con la policía comenzaban en el motel. Me temblaban las piernas mezcla del miedo y del dolor. Seguía sosteniendo en mis manos el revolver 45 Long Colt de Rodey.
- Sobrevivió a tus disparos y los disparos del policía... - Murmuré
- ¿Qué? ¿Quién? ¿La mujer? - Me preguntaba Rodey confuso.
- La vi en la tercera planta... Se puso de pié con todo el cuerpo agujereado. También gritó como lo hizo él y rompió en pedazos las bombillas y cristales de alrededor... -
- ¡Joder! ¡A la mierda con esto! - La patada de Rodey casi quiebra un árbol, pero creo que se hizo más daño él que la planta. - ¡Nada de esto tiene ningún sentido! ¡Me cago en la puta! ¡Es una jodida broma! ¡Y si pillo al responsable te juro que le rompo las piernas! ¡Esto no es una puñetera película! - Con cada palabra se iba enfadando más y más, hasta que alzó la cara al cielo y gritó - ¿¡ME OYES?! -
- Ssssshh ¡Callate! ¡Puedes atraerlos aquí maldito idiota! - Le repliqué a Rodey, pero yo también le estaba gritando. La solo idea de ver a otro ser de esos hizo que Rodey se callara de inmediato y empezara a otear en todas las direcciones. Me llevé la mano al bolsillo del pantalón. Rodey había mencionado al "culpable" de todo esto. Saqué el franco de pastillas en que una etiqueta dejaba leer "Riders Corp." y lo observé. Parecía una marca comercial, o tal vez una empresa farmaceutica. En los videojuegos y películas zombie, normalmente había una malvada empresa que creaba el virus... ¿De verdad estaba pensando en aquello en serio? ¿Cómo es posible que alguien en su sano juicio piense en organizaciones secretas que crean virus que levantan muertos de sus tumbas? Mis reflexiones acabaron bruscamente cuando me dí cuenta de que Rodey me miraba.
- Tío, tenemos que volver a por el coche. Ya no suenan disparos. Lo más probable es que la poli halla detenido a los... a los tipos esos.... - Me dijo. Miré con el ceño fruncido hacia el tejado que se adivinaba entre los arboles.
- Esperaremos a que amanezca del todo. No debe quedar más de veinte minutos para que salga el sol del todo. - Rodey asintió con la cabeza; le parecía una buena y idea y se sentó en el suelo, con la espalda apoyada en un tocón.
El tiempo hasta el amanecer nos lo pasamos en completo silencio. Rodey tenía la mirada perdida y aspecto de cansado. Suponía que mi cara reflejaría lo mismo. Además volvía a sentir el dolor en las articulaciones de la caída por las escaleras y en los oídos tenía una sensación extraña causado por los gritos de aquellas cosas. ¿Como diablos lo harían? Cuando amaneció por fin solo tuve que mirar a Rodey y nos pusimos en marcha.
Salimos con sumo cuidado de entre los arboles, observando el edificio y los alrededores. No queríamos más sustos. Mi corazón latía con fuerza, retumbando en mi pecho, mis ojos buscaban a otro de aquellos seres saliendo entre los arboles, tras cada esquina. creí escuchar en varias ocasiones el gorgoteo que emitían por la boca esos seres de pesadilla. Cuando llegamos a la parte delantera del edificio nuestras esperanzas, nuestra ilusión de salir de allí se tornaron en frustación: los coches de policía estaban abiertos, y los cuerpos de varios agentes de la ley estaban repartidos por la entrada, casi todos mordidos y la mayoría con casi la totalidad del esqueleto al sol. Alzando un poco la mirada se observaba el parking, donde antes casi no cabía un coche ahora solo estaban estacionados una docena, pero repartidos por el asfalto más cuerpos sin vidas de los inquilinos del motel. Mi coche seguía aparcado, allí frente a nosotros. Pero no iba a ser tan fácil, sobre cada uno de los cuerpos que yacían ante nosotros, uno o más zombies (sí, he de usar ese termino a partir da ahora, aunque en aquellos momentos me pareciera la mayor de las absurdeces), arrodillados o agachados, se dedicaban a devorar el cuerpo. Tanto mi amigo, como yo mismo, hubimos de vomitar allí mismo. El sonido alertó a varios de los más cercanos, en concreto a dos que estaban comiendo la carne de uno de los policías. Saqué la pistola por puro instinto, y disparé al primero que se puso de pie. Fallé, como de esperar, en el último instante mi moral me traicionó. No iba a disparar a una persona, aquella cosa era un muchacho de no más de diecisiete años con el pelo corto y moreno. En sus ojos, con la mirada perdida, aún había lágrimas... Que ingenuo, aún creía que esas cosas eran personas. El sonido del disparo resonó con una fuerza inusual. Como ya había sucedido anteriormente, lejos de amedrentar al zombie, hizo que este caminara un poco más rápido hacia mi. Caminé un par de pasos hacia atrás y en ese instante Rodey gritó. Mientras esto ocurría, el resto de aquellos demonios se pusieron en pie y empezaron a caminar hacia nosotros, unos doce o trece. El grito de Rodey lo causaba que, sin que nos diésemos cuenta, teníamos a otros dos zombies a nuestras espaldas. Uno de ellos había cogido a Rodey por la camiseta, y le había clavado las uñas, provocando cinco surcos ensangrentados, al levantar la piel de su antebrazo. Levanté nuevamente el arma y puse el cañón del arma en la sien de aquella cosa. Cerré los ojos con fuerza y apreté el gatillo. La sangre me salpicó desde la mano hasta el pecho, incluyendo la cara. El sonido tan fuerte y cercano a los oídos de Rodey hizo que este tuviera que taparselos con las manos. Agarré del brazo no dañado a Rodey y comencé a tirar de él para huir de allí. Pero eso provocó una reacción en cadena. Todos los zombies abrieron la boca al unisono y empezaron a gritar. Aquella llamada a la muerte, con tanta potencia provocó que yo también gritara de dolor. Rodey empezó a sangrar por sus ya martirizados oídos y calló al suelo inconsciente del parking. Yo no podía parar de taparme las orejas. Intenté abrir los ojos para ver donde estaban nuestros depredadores antes de caer al suelo yo también. El dolor era tal que prefería morir antes de seguir soportando aquello. Vi que se formaba un cerco a nuestro alrededor. La sangre me empezó a brotar por la nariz justo un segundo antes de que parara el último de ellos de gritar. No podía cerrar los ojos de puro pánico, además no iba a quedarme insconciente por el momento y no tenía fuerzas para defenderme, ya que el dolor y el mareo me habían debilitado. Estaban a tan solo cuatro o cinco metros. Rodey tenía más suerte. Me iban comer vivo y tendría que soportarlo despierto.
[Continuará]
domingo, 14 de noviembre de 2010
Huye, no mires atrás (3º parte)
En ese instante la alarma de incendios se activó (perfecto, un nuevo problema: el fuego) rociándome de agua y activando las luces de emergencias. Al encenderse esa escasa luz pude ver que no estaba solo en el pasillo... Una figura se recortaba en el extremo contrario del pasillo. La silueta en concreto alzó una mano y pulsó el interruptor de la luz de uno de los cuartos vecinos al mio. La luz de la habitación iluminó a la mujer pelirroja con la que tuve dos encuentros hacia pocas horas. La habitación de la que emanaba la luz era su propio cuarto. Su cara denotaba nerviosismo más que miedo (claro que ella no había visto los mismos horrores que yo) y me miró incrédula. Yo casi estaba temblando, al principio pensé que era otra vez aquel monstruo, y que iba a devorarme en la oscuridad...
-¿Hola? Por favor, respondeme ¿que está pasando? hay disparos y gritos, por favor tengo miedo...
Tragué saliva. Tendría que recurrir a mi segunda opción. Levanté la mano y señalé su cuarto, haciendo un gesto para que entrara.
-¿Qué? ¿Quieres que entre en mi habitación?- Dudó unos segundos antes de seguir -¿Acaso... acaso eres... mudo?- La verdad es que no era la primera vez que me hacían esa pregunta. Caminé hacia la habitación y entré, buscando con la mirada algo con lo que escribir: era mi única manera de comunicarme de momento con ella. Vi un bloc de notas encima de la mesita de noche, junto a un boli, también tenía un ordenador portátil en el pequeño escritorio del dormitorio. El cuarto olía a perfume femenino. Lo único agradable de los últimos acontecimientos. Cogí el bloc y comencé a escribir. Mientras lo hacia escuché que aquella mujer cerraba la puerta y se acercaba curiosa. Me presenté por escrito brevemente en el papel y se lo mostré a ella.
- Ah perdón, yo no me he presentado mi nombre es Mónica - y sonrió, con unos dientes perfectos y aquellos labios tan bonitos.
Seguí escribiendo en otra hoja <<No soy mudo, tengo un raro caso de mutismo selectivo>> Mientras escribía pensé que seguramente, si aquella mujer no fuese tan guapa y sexy, seguramente no me hubiese detenido a "charlar" con ella. Eso era algo que no solía ocurrirme, y menos en una situación como esta. Pero supuse que me sentía muy culpable por amenazar con mi arma a mis vecinos de pasillo que huían y no ayudarles. <<Es una enfermedad que impide hablar con la gente si no llevan un rato tratando conmigo. No se exactamente que pasa en el motel, pero tengo que bajar a la segunda planta a buscar a mi amigo y salir de aquí. Creo que alguien ha asesinado a un inquilino.>> Me pareció tan idiota decir que un zombie se estaba comiendo a la gente que no fui capaz de escribírselo. Y tampoco sé porque le dije a Mónica que tenía que busca a Rodey, pero igualmente le dí el escrito y comencé a salir del cuarto mientras ella leía. Para mi desgracia era la primera vez que la miraba bajo la luz directa: el agua del sistema anti-incendios había empapado a Mónica, dejando su largo pelo mojado, y haciendo que su ropa se transparentase... Agité la cabeza y dí tres pasos hacia la puerta.
- ¡Espera! ¡No te vallas, tienes que llevarme contigo por favor! - Su voz temblaba por el miedo. Al decirle que un asesino andaba suelto, la había asustado. Me giré hacia ella de nuevo, negué con la cabeza, no haría de la niñera de nadie. Al girarme vi la ventana del cuarto y una luz se encendió en mi cabeza: las escaleras de emergencia. Caminé sin decir nada en dirección a la ventana. Abrí, no sin dificultad la ventana, ya que esta estaba un poco atascada. Me asomé. En la lejanía vi unas luces rojas y azules. Llegaba la caballería, ya era hora.
Salí fuera, apoyando los pies en el suelo de rejilla. La brisa del exterior me acarició la cara y revolvió el pelo. Miré dentro del cuarto y le hice un gesto de despedida torpe a Mónica. Ella me delvolvió la mirada y el gesto con un rictus rígido. No supe adivinar si estaba enfadada o decepcionada, pero no podía pararme ahora. Baje por las escaleras, pasando por la tercera planta sin siquiera mirar, para evitar ver cualquier cosa desagradable si la hubiese. Llegué por fin a la segunda planta. Todo era cuestión de entrar en la habitación (esperaba que no hubiese nadie) llegar al pasillo y de ahí a las escaleras, pasar al otro lado del motel y llegar a la habitación de Rodey. Escuché el ruido de coches arrancando y algunos gritos más. La ubicación de las escaleras en las que me hallaba era el lateral del edificio, por lo que no podía ver la parte delantera, donde seguramente los inquilinos trataban de escapar. Abrí la ventana, que para mi fortuna no estaba cerrada. Al tratar de entrar por poco caigo al suelo. Seguía empapado a causa de la alarma antincendios. Además, a eso se unía el dolor que sentía aun en mis rodillas y codos a causa de la caída por las escaleras. Encendí la luz del cuarto en el que entré. No quería seguir a oscuras por nada del mundo. Salí de la habitación con sumo cuidado, abriendo primero una rendija en cada puerta y mirando al otro lado antes de continuar. Estaba en el pasillo. La luz de emergencia iluminaba vagamente mi camino. Llegué a las escaleras y de allí al corredor de Rodey. El silencio en todo el edificio era ahora sepulcral, tras la confusión inicial, y aquí la oscuridad era total, pero la luz de las escaleras si funcionaba y pude echarle un vistazo al pasillo antes de entrar. Llegué al cuarto de Rodey y saqué las llaves que tuve la precaución de llevarme. Abrí la puerta y cerré al entrar. Rodey no estaba en su cama. De repente salió del cuarto baño con el ceño fruncido, para rápidamente reconocerme y relajar el gesto.
- Joder, al entrar dí: "¡Rodey!", o algo así que casi me cago encima del susto... bueno que más da. ¿Donde carajo estabas? me tenias acojonado. Salí fuera, pero me decidí a quedarme esperándote en el cuarto, al ver que no tenía la pistola supuse que ibas por tus cosas y volvías. Menos mal que no me has dejado tirado - Vi encima de una silla las maletas de Rodey.
- No, no podemos llevarnos tanto equipaje, coge una mochila y llevate lo imprescindible - le dije.
- ¿De que estas hablando tío? No te acobardes, esperamos a que llegue la poli, detienen a esa tía loca y punto. Pero está claro que seguimos adelante, no voy a quedarme en este motel de locos. -
- Joder pero y si de verdad hay zombies hay fuera y... - Me interrumpieron las carcajadas de mi amigo, que tuvo que taparse la boca para no seguir riéndose:
- No te preocupes, si son zombies, llamamos a los Power Rangers y listos. Ellos podrán con la crisis. -
- ¡Maldita sea Rodey, esto no es una broma, ha muerto gente, tu lo has presenciado! - Yo no solía gritar, supongo que en parte debido ha que era muy poco hablador, así que Rodey debió darse cuenta de que yo estaba realmente preocupado.
- Joder tío tranquilo, no va a pasarnos nada ¿como puedes pensar en zombies ahora? esto no es una película mala. ¿Escuchas? la poli está llegando- Fuera sonaban las sirenas acercándose. Pero yo no estaba prestando atención. La luz auxiliar, que aun parpadeaba al otro lado de la puerta, en el pasillo, se dejaba ver por debajo de la puerta, así mismo, aunque los aspersores de agua del techo ya habían parado, el agua se había encharcado en el pasillo, En ese momento caí en la cuenta de que ni había visto fuego ni el olor a quemado característico. Supuse que el incendio debió haberse extinguido.
- ¿Que es ese ruido? - Preguntó Rodey. Efectivamente, se escuchaban pasos, claramente gracias al agua del pasillo.
- Debe ser ella, la mujer pelirroja que tiene un cuarto cerca del mio, seguramente me ha seguido.. -
Abrí la puerta sin desconfianza. Pero al otro lado lo único que caminaba estaba muerto. Un hombre grueso y alto se aproximaba hacia nosotros, apenas a un metro de la puerta, con la ropa desgarrada y heridas claras en la enorme barriga, muy posiblemente dos mordiscos que hacían que la grasa subcutánea estuviese a la vista. Creo que había visto a aquel hombre aparcando su coche unos minutos después que el nuestro. La risa de Rodey debió llamarle la atención. Desenfundé el revolver y apunté al hombre. No pude decirle nada pero supuse que si era consciente de que lo estaban apuntando con un arma se detendría. Lejos de eso parecía que ahora, al verme, tenía más prisa por acercarse.
- ¡Rodey, la ventana!¡Vamos a salir por ahí joder! - Rodey miraba al hombre incrédulo, con los ojos muy abiertos, y yo estaba demasiado asustado como para pensar en simplemente cerrar la puerta para darnos tiempo. La oronda figura se acercaba con los brazos extendidos, con un ansia tremenda por cogerme, y la boca abierta. Reculé hasta que estuve cerca de la ventana, por donde Rodey ya estaba saliendo. Hice lo propio y saqué mi cuerpo por el orificio hacia las escaleras de incendios. Empezamos a bajar la única planta que nos quedaba y desenganchamos las escaleras de mano para que llegaran al suelo. Rodey yo bajamos hasta el suelo. Por fin fuera. Respiré una bocanada del aire fresco que la madrugada me ofrecía. La luna llena iluminaba la noche. Miré a Rodey .
- ¡Mierda tío! ¿¡Pero que coño era eso!? ¡No lo puedo creer, me cago en todo!
No pude contestarle, él ya sabia en la locura en la que estaba pensando. En ese instante un ruido de cristales rotos llamó nuestra atención. El hombre había roto el cristal de la ventana y estaba saliendo por ella, con mucha dificultad. Todavía teníamos tiempo de sobra de escapar de allí antes siquiera de que ese monstruo sacase la cabeza al exterior. Empecé a correr hacia la parte delantera del motel para dirigirme al coche.
En ese instante, el zombie (o lo que diablos fuera) de la ventana comenzó a gritar.
Imaginaos una mezcla entre el sonido de un elefante enfurecido con el grito de una mujer siendo torturada. Amplificadlo como si se tratase de un concierto y tendréis el resultado de lo que la oronda figura comenzó a proferir. El dolor de mis oídos hizo que tuviese que llevarme las manos a los oídos, y un mareo repentino me obligó a caer al suelo. Me encogí en posición fetal mientras yo mismo gritaba de dolor, aunque era incapaz de oírme. No se cuanto tiempo me quedé así exactamente, pero cuando abrí los ojos pude ver que el zombie estaba completamente fuera, mirándonos des la altura de dos pisos de altura, de pie en las escaleras de emergencias. Como si no supiera que hay que hacer para bajar, "aquello" empezó a caminar hacia delante, y viendo que no podía avanzar a causa de la barandilla... se tiró al vacio. Me puse de pie a la par que Rodey, y ambos retrocedimos unos pasos. El crujido de los huesos del gordo al caer contra el suelo fue más que desagradable. Ambos no quedamos mirando el cuerpo, tumbado bocabajo, durante varios segundos, sin saber que hacer. Las sirenas de la policía estaban ya aquí, en el motel. Escuchamos a los coches aparcar. allí, en el parking. Pero ninguno de los dos podíamos reaccionar. "Aquello" , el zombie, o como se llamase, estaba poniéndose de pie.
[Continuará]
-¿Hola? Por favor, respondeme ¿que está pasando? hay disparos y gritos, por favor tengo miedo...
Tragué saliva. Tendría que recurrir a mi segunda opción. Levanté la mano y señalé su cuarto, haciendo un gesto para que entrara.
-¿Qué? ¿Quieres que entre en mi habitación?- Dudó unos segundos antes de seguir -¿Acaso... acaso eres... mudo?- La verdad es que no era la primera vez que me hacían esa pregunta. Caminé hacia la habitación y entré, buscando con la mirada algo con lo que escribir: era mi única manera de comunicarme de momento con ella. Vi un bloc de notas encima de la mesita de noche, junto a un boli, también tenía un ordenador portátil en el pequeño escritorio del dormitorio. El cuarto olía a perfume femenino. Lo único agradable de los últimos acontecimientos. Cogí el bloc y comencé a escribir. Mientras lo hacia escuché que aquella mujer cerraba la puerta y se acercaba curiosa. Me presenté por escrito brevemente en el papel y se lo mostré a ella.
- Ah perdón, yo no me he presentado mi nombre es Mónica - y sonrió, con unos dientes perfectos y aquellos labios tan bonitos.
Seguí escribiendo en otra hoja <<No soy mudo, tengo un raro caso de mutismo selectivo>> Mientras escribía pensé que seguramente, si aquella mujer no fuese tan guapa y sexy, seguramente no me hubiese detenido a "charlar" con ella. Eso era algo que no solía ocurrirme, y menos en una situación como esta. Pero supuse que me sentía muy culpable por amenazar con mi arma a mis vecinos de pasillo que huían y no ayudarles. <<Es una enfermedad que impide hablar con la gente si no llevan un rato tratando conmigo. No se exactamente que pasa en el motel, pero tengo que bajar a la segunda planta a buscar a mi amigo y salir de aquí. Creo que alguien ha asesinado a un inquilino.>> Me pareció tan idiota decir que un zombie se estaba comiendo a la gente que no fui capaz de escribírselo. Y tampoco sé porque le dije a Mónica que tenía que busca a Rodey, pero igualmente le dí el escrito y comencé a salir del cuarto mientras ella leía. Para mi desgracia era la primera vez que la miraba bajo la luz directa: el agua del sistema anti-incendios había empapado a Mónica, dejando su largo pelo mojado, y haciendo que su ropa se transparentase... Agité la cabeza y dí tres pasos hacia la puerta.
- ¡Espera! ¡No te vallas, tienes que llevarme contigo por favor! - Su voz temblaba por el miedo. Al decirle que un asesino andaba suelto, la había asustado. Me giré hacia ella de nuevo, negué con la cabeza, no haría de la niñera de nadie. Al girarme vi la ventana del cuarto y una luz se encendió en mi cabeza: las escaleras de emergencia. Caminé sin decir nada en dirección a la ventana. Abrí, no sin dificultad la ventana, ya que esta estaba un poco atascada. Me asomé. En la lejanía vi unas luces rojas y azules. Llegaba la caballería, ya era hora.
Salí fuera, apoyando los pies en el suelo de rejilla. La brisa del exterior me acarició la cara y revolvió el pelo. Miré dentro del cuarto y le hice un gesto de despedida torpe a Mónica. Ella me delvolvió la mirada y el gesto con un rictus rígido. No supe adivinar si estaba enfadada o decepcionada, pero no podía pararme ahora. Baje por las escaleras, pasando por la tercera planta sin siquiera mirar, para evitar ver cualquier cosa desagradable si la hubiese. Llegué por fin a la segunda planta. Todo era cuestión de entrar en la habitación (esperaba que no hubiese nadie) llegar al pasillo y de ahí a las escaleras, pasar al otro lado del motel y llegar a la habitación de Rodey. Escuché el ruido de coches arrancando y algunos gritos más. La ubicación de las escaleras en las que me hallaba era el lateral del edificio, por lo que no podía ver la parte delantera, donde seguramente los inquilinos trataban de escapar. Abrí la ventana, que para mi fortuna no estaba cerrada. Al tratar de entrar por poco caigo al suelo. Seguía empapado a causa de la alarma antincendios. Además, a eso se unía el dolor que sentía aun en mis rodillas y codos a causa de la caída por las escaleras. Encendí la luz del cuarto en el que entré. No quería seguir a oscuras por nada del mundo. Salí de la habitación con sumo cuidado, abriendo primero una rendija en cada puerta y mirando al otro lado antes de continuar. Estaba en el pasillo. La luz de emergencia iluminaba vagamente mi camino. Llegué a las escaleras y de allí al corredor de Rodey. El silencio en todo el edificio era ahora sepulcral, tras la confusión inicial, y aquí la oscuridad era total, pero la luz de las escaleras si funcionaba y pude echarle un vistazo al pasillo antes de entrar. Llegué al cuarto de Rodey y saqué las llaves que tuve la precaución de llevarme. Abrí la puerta y cerré al entrar. Rodey no estaba en su cama. De repente salió del cuarto baño con el ceño fruncido, para rápidamente reconocerme y relajar el gesto.
- Joder, al entrar dí: "¡Rodey!", o algo así que casi me cago encima del susto... bueno que más da. ¿Donde carajo estabas? me tenias acojonado. Salí fuera, pero me decidí a quedarme esperándote en el cuarto, al ver que no tenía la pistola supuse que ibas por tus cosas y volvías. Menos mal que no me has dejado tirado - Vi encima de una silla las maletas de Rodey.
- No, no podemos llevarnos tanto equipaje, coge una mochila y llevate lo imprescindible - le dije.
- ¿De que estas hablando tío? No te acobardes, esperamos a que llegue la poli, detienen a esa tía loca y punto. Pero está claro que seguimos adelante, no voy a quedarme en este motel de locos. -
- Joder pero y si de verdad hay zombies hay fuera y... - Me interrumpieron las carcajadas de mi amigo, que tuvo que taparse la boca para no seguir riéndose:
- No te preocupes, si son zombies, llamamos a los Power Rangers y listos. Ellos podrán con la crisis. -
- ¡Maldita sea Rodey, esto no es una broma, ha muerto gente, tu lo has presenciado! - Yo no solía gritar, supongo que en parte debido ha que era muy poco hablador, así que Rodey debió darse cuenta de que yo estaba realmente preocupado.
- Joder tío tranquilo, no va a pasarnos nada ¿como puedes pensar en zombies ahora? esto no es una película mala. ¿Escuchas? la poli está llegando- Fuera sonaban las sirenas acercándose. Pero yo no estaba prestando atención. La luz auxiliar, que aun parpadeaba al otro lado de la puerta, en el pasillo, se dejaba ver por debajo de la puerta, así mismo, aunque los aspersores de agua del techo ya habían parado, el agua se había encharcado en el pasillo, En ese momento caí en la cuenta de que ni había visto fuego ni el olor a quemado característico. Supuse que el incendio debió haberse extinguido.
- ¿Que es ese ruido? - Preguntó Rodey. Efectivamente, se escuchaban pasos, claramente gracias al agua del pasillo.
- Debe ser ella, la mujer pelirroja que tiene un cuarto cerca del mio, seguramente me ha seguido.. -
Abrí la puerta sin desconfianza. Pero al otro lado lo único que caminaba estaba muerto. Un hombre grueso y alto se aproximaba hacia nosotros, apenas a un metro de la puerta, con la ropa desgarrada y heridas claras en la enorme barriga, muy posiblemente dos mordiscos que hacían que la grasa subcutánea estuviese a la vista. Creo que había visto a aquel hombre aparcando su coche unos minutos después que el nuestro. La risa de Rodey debió llamarle la atención. Desenfundé el revolver y apunté al hombre. No pude decirle nada pero supuse que si era consciente de que lo estaban apuntando con un arma se detendría. Lejos de eso parecía que ahora, al verme, tenía más prisa por acercarse.
- ¡Rodey, la ventana!¡Vamos a salir por ahí joder! - Rodey miraba al hombre incrédulo, con los ojos muy abiertos, y yo estaba demasiado asustado como para pensar en simplemente cerrar la puerta para darnos tiempo. La oronda figura se acercaba con los brazos extendidos, con un ansia tremenda por cogerme, y la boca abierta. Reculé hasta que estuve cerca de la ventana, por donde Rodey ya estaba saliendo. Hice lo propio y saqué mi cuerpo por el orificio hacia las escaleras de incendios. Empezamos a bajar la única planta que nos quedaba y desenganchamos las escaleras de mano para que llegaran al suelo. Rodey yo bajamos hasta el suelo. Por fin fuera. Respiré una bocanada del aire fresco que la madrugada me ofrecía. La luna llena iluminaba la noche. Miré a Rodey .
- ¡Mierda tío! ¿¡Pero que coño era eso!? ¡No lo puedo creer, me cago en todo!
No pude contestarle, él ya sabia en la locura en la que estaba pensando. En ese instante un ruido de cristales rotos llamó nuestra atención. El hombre había roto el cristal de la ventana y estaba saliendo por ella, con mucha dificultad. Todavía teníamos tiempo de sobra de escapar de allí antes siquiera de que ese monstruo sacase la cabeza al exterior. Empecé a correr hacia la parte delantera del motel para dirigirme al coche.
En ese instante, el zombie (o lo que diablos fuera) de la ventana comenzó a gritar.
Imaginaos una mezcla entre el sonido de un elefante enfurecido con el grito de una mujer siendo torturada. Amplificadlo como si se tratase de un concierto y tendréis el resultado de lo que la oronda figura comenzó a proferir. El dolor de mis oídos hizo que tuviese que llevarme las manos a los oídos, y un mareo repentino me obligó a caer al suelo. Me encogí en posición fetal mientras yo mismo gritaba de dolor, aunque era incapaz de oírme. No se cuanto tiempo me quedé así exactamente, pero cuando abrí los ojos pude ver que el zombie estaba completamente fuera, mirándonos des la altura de dos pisos de altura, de pie en las escaleras de emergencias. Como si no supiera que hay que hacer para bajar, "aquello" empezó a caminar hacia delante, y viendo que no podía avanzar a causa de la barandilla... se tiró al vacio. Me puse de pie a la par que Rodey, y ambos retrocedimos unos pasos. El crujido de los huesos del gordo al caer contra el suelo fue más que desagradable. Ambos no quedamos mirando el cuerpo, tumbado bocabajo, durante varios segundos, sin saber que hacer. Las sirenas de la policía estaban ya aquí, en el motel. Escuchamos a los coches aparcar. allí, en el parking. Pero ninguno de los dos podíamos reaccionar. "Aquello" , el zombie, o como se llamase, estaba poniéndose de pie.
[Continuará]
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